No se necesita ser un aguzado crítico especializado en filosofía política o sociología para darse cuenta de las causas de la pobreza en Guatemala. No es necesario tomar un curso en teorías del desarrollo o tener un máster en administración pública para enterarse que lo que sucede en el país tarde o temprano nos conducirá al suicidio colectivo o al canibalismo social. Las cosas son claras. Es imposible alcanzar el desarrollo si no estamos dispuestos a pagar el precio, si continuamos escamoteando los impuestos, si nos robamos el Erario público, si los abogados no aplican ni respetan la Ley, si los policías piden mordidas, si los niños no van a las escuelas, si la gente pasa hambre, si los jóvenes no tienen trabajo y si los políticos no cambian sus viejas mañas. Estando así las cosas, soñar con un futuro mejor es una ficción digna de la Guerra de las Galaxias.
Desde 1986, que fue el año de la esperanza, hemos caminado a pasos demasiado lentos. Los secuestros siguen como siempre, los robos a bancos y carros continúan y la impunidad es la reina del país. Estamos fritos. Para colmo de males seguimos esperando milagros, lamentando la muerte de esos políticos del pasado que «en realidad fueron buenos y que hoy tanta falta nos hacen»… Con esa melancolía paralizante no vamos a ninguna parte cuando lo que se necesita es que cada crisis nos permita avanzar.
Si sacáramos raja de cada crisis ya fuéramos sabios. Imagínese usted lo afinado que tuviéramos el sistema si hubiéramos aprovechado el aprendizaje dejado de ejemplo, los intentos golpistas en tiempos de Vinicio Cerezo, la venta loca de los bienes del Estado en el período de ílvaro Arzú, el atraco de campeonato de los gobiernos de Portillo y Berger; el saqueo de bancos como el de Comercio, del Café y del Ejército, y, finalmente, las sobras de las obras de OIM y el Congreso. Ya tuviéramos un país de maravilla porque con cada error hubiera un correctivo definitivo.
Pero nada de esto ha sucedido. Al contrario, como Sísifo, cada vez que llevamos la piedra hasta su lugar se nos viene para abajo y estamos condenados a volver a comenzar. Entonces, como no aprendemos, no es raro que hoy, mañana y siempre haya banqueros que nos metan gol. Como somos tontos permitimos que los políticos se lleven el dinero con la mayor tranquilidad. Como no queremos aprender, no podemos o no nos interesa, dejamos que el Ejército haga de las suyas cada vez que puede. Así, no hay teoría del desarrollo que contribuya al «boom» económico y social del país.
En realidad, no es totalmente cierto que el Congreso le haya puesto una raya más al tigre, somos nosotros los que hemos contribuido con nuestra actitud permisiva a que ellos sean los pintores estrellas del país. Aquí las pérdidas las compartimos todos y la responsabilidad es de todos: periodistas, empresarios, ciudadanos de la calle, sindicalistas, maestros, etc. Debemos, por tanto, afinar nuestra capacidad de respuesta en cada crisis y nada mejor como organizarnos para responder grupalmente.
Es cierto lo que dicen algunos, quejarnos no sirve de nada. Es urgente organizarnos para, desde la fuerza que permite la unidad social, exigir cambios radicales al sistema que esta híper probado es decadente e inútil. Continuar de francotiradores no tiene provecho, nos desgastamos y permite auto engañarnos creyendo que es éste el camino para el cambio.
¿Verdad que no es necesario ir a la universidad para enterarse de todo esto? Es elemental mi querido Watson, ahora vayamos a la acción.