Por enésima vez en nuestra historia volvemos a sentir la frustración de que los malos se salen con la suya y que a los buenos no les queda más que el desahogo de mentarle la madre a unos cuantos, pero con la convicción de que dentro de poco estaremos viendo el escándalo que ya hoy se debe estar fraguando en alguna de las dependencias públicas donde más de algún pícaro está ya haciendo de las suyas para dar otro golpe maestro.
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Y es cierto que el sistema es una cochinada, que los políticos se tapan con la misma chamarra y que hasta los que ahora agarran a Meyer como tambor de jubileo tienen sus colas enormes y aprovechan que las miras están enfocadas en ese despreciado personaje para vestirse de primera comunión. Es cierto que en nuestra clase política no encontramos ejemplos edificantes y que cada día se vuelve más certera y absoluta la idea de que la mayoría de ellos andan a la caza de la oportunidad para enriquecerse aprovechando las enormes debilidades de nuestro régimen de legalidad que no castiga a los delincuentes.
Pero, y esto es muy importante, no toda la culpa es de esa calaña sino que en buena medida es nuestra responsabilidad porque con nuestra proverbial horchata en las venas hemos permitido que todo ello se consolide, que el sistema se arraigue de manera que la impunidad sea la norma. No pasamos de refunfuñar, de mentarle la madre en corrillos a los pícaros, desahogando así nuestro enojo y nuestra frustración para cerrar el capítulo. Si en Guatemala los ladrones se salen siempre con la suya es por culpa de un pueblo que no atina a ponerse de pie para promover la reforma de un sistema que está caduco, de un sistema colapsado por la voracidad de quienes se han enquistado en el ejercicio de las funciones públicas.
Claro que tenemos razones para sentirnos frustrados, para perder el ánimo y para sentirnos avergonzados de la clase de políticos y dirigentes que tenemos. Pero no podemos olvidar ni pasar por alto que de una u otra manera somos cómplices porque con nuestro silencio, con nuestra indiferencia, con la falta de civismo para reclamar respeto a la dignidad que tenemos como ciudadanos, hemos ido construyendo este asqueroso sistema. Otros pueblos, frente a afrentas menores, manifiestan, protestan, actúan y exigen los cambios necesarios, pero los guatemaltecos ya nos acostumbramos a que nos vean la cara de babosos, que nos roben con la mayor tranquilidad del mundo y que el país siga condenado al desastre porque si no es el pueblo, ¿Quién podrá iniciar un proceso de cambio que valga la pena?
Queremos que otros nos hagan la tarea, que los mismos políticos señalados por su incapacidad y corrupción se hagan cargo de reformar el sistema y cada cuatro años, como borregos, volvemos al ritual de caer de pendejos ante la sarta de promesas que de entrada sabemos que no se van a cumplir. «Es que no tenemos dirigentes; en Guatemala no hay líderes», es la excusa que siempre esgrimimos cuando alguien nos enrostra la falta de valor cívico para actuar, para asumir nuestro papel para transformar a este país.
Ya basta de lamentarnos y de repetir que estamos jodidos. Estamos así porque nosotros lo hemos permitido con nuestra indiferencia. Si alguien convoca a manifestar, nos quedamos a ver en la tele si la gente llegó y cuando nos damos cuenta que no hubo multitud culpamos a los dirigentes, a los que convocaron. Y mientras no cambiemos nosotros, no esperemos que el país cambie.