Ni estoy lleno de ti, ni tampoco viniste, Patria, conmigo a caminar.
Pues los generales te bajaron el ánimo, y tras años de esconderte en las montañas, no encuentras hoy fuerzas para evitar la decadencia del país.
mcordero@lahora.com.gt
Sin embargo, es inevitable no hablar hoy, de la hemorragia crónica que sufres, Guatemala: la corrupción.
Los políticos te ven, Patria, como la Gallina de los Huevos de Oro, y abren tus entrañas a cielo abierto, para devorarte con ciega locura.
(¡Y ay de aquél!)
Inútiles son las promesas de intenso odio e ira en contra de quien profane tu suelo sagrado y tus 82.2 millones de quetzales sagrados.
Mis retinas se empañan por la ira, cuando veo que tus hijos «favoritos», esos que se llaman «padres de la patria» (preferimos ser huérfanos) siguen amamantando tu pezón, que ya no da leche, pero igual chupan sangre.
Cansados ya de tanta pérdida de vidas humanas en las inundaciones, de dinero en los bancos, sudor de la frente de toda la vida, ausentes hoy en la vejez, sólo por la falta de voluntad (o exceso de ella).
Nuestra moral se ha consumido tras tanto fracaso de la justicia no sólo la de los juzgados sino la natural, la divina y la cotidiana.
Podemos enumerar un largo etcétera: los millones de quetzales desviados, la explotación de tus recursos, los migrantes engañados, las prostitutas engrilletadas, los niños picapedreros, las niñas de tus semáforos, los maquileros sin empleo ni prestaciones, las víctimas de la violencia, los familiares de las víctimas de la violencia, los pandilleros torturados y con tiro de gracia, los activistas amenazados, los jornaleros de café, los guardarrecursos desaparecidos, los campesinos sembradores de amapola… En fin, tu paz humillada a punta de culata.
Por eso te digo hoy, como Neruda en su «Canto General»: Guatemala (o guatemaltecos), no invoco tu nombre en vano, porque oigo tu voz protestar y que urge, a gritos, un cambio, una revolución, una depuración, otra revolución más, o cualquier cambio, al menos.
«Cuando sujeto al corazón la espada, cuando aguanto en el alma la gotera, cuando por las ventanas un nuevo día tuyo me penetra, soy y estoy en la luz que me produce, vivo en la sombra que me determina, duermo y despierto en tu esencial aurora: dulce como las uvas, y terrible, conductor del azúcar y el castigo, empapado en esperma de tu especie, amamantado en sangre de tu herencia.» (P.N.)
Es muy probable que, como siempre, distractores deportivos hoy nos contaminen, desvíen nuestra mirada hacia otros puntos no hacia lo indispensable a nuestra sangre que fluye perenne.
Que los distractores sean un motivo de disfrutar y no de olvidarnos. Porque nuestro olvido ha empañado la mejor parte de nuestra historia.