R E A L I D A R I O (DCXXII)


Choteado. Eso de quedar choteado, en Guatemala, es una de las peores maldiciones que pueden caer a un fulano cualquiera. Quedar choteado. Ah desgracia. Para chotearse, las causas van de las polí­ticas a las económicas, de las gubernamentales a las jurí­dicas, de las religiosas a las intelectuales, pasando siempre por otras partes… El choteado (término un poco en desuso) podrá poner cara de palo, de patojo malcriado o bien buscarse una máscara; pero el choteado, en esta Guatemala de silencios seculares, es un dedo mudo y tremendo que lo señalará de por vida y no se lo quitará de enfrente hasta que otra madre lo vuelva a parir, aunque hay demasiadas excepciones.

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René Leiva

Subsidio pro maras. En aras de la paz social, permí­taseme una moción privilegiada. ¿Por qué no trasladar a los mareros una parte del subsidio que el gobierno otorga a los camioneteros, o sea en forma directa y sin intermediarios? Con lo organizados que están los pandilleros serí­a fácil, depositar a sus cuentas bancarias (Salvatrucha y, 18 principalmente) el monto global que exigen a los infelices pilotos de camionetas, al menos en el departamento de Guatemala. Esa partida especial evitarí­a la pérdida de vidas humanas, el robo a gente pobre y honrada, la angustia que los usuarios vivimos cada dí­a, y por supuesto que se verí­a la manera de que dicho dinero los mareros lo inviertan en su canasta básica, cualquiera que esta sea. Dichos fondos pro maras podrí­an extraerse, en forma equitativa, de los presupuestos del Organismo Judicial, Ejército Nacional, Ministerio Público, Policí­a Nacional y de los ahorros de la honorable cloaca.

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Polí­ticos también tienen la cara. A mi buzón cibernético de madera sin cepillar, de última generación, una acuciosa lectora me enví­a la observación de que los polí­ticos también tienen la cara, igual que el resto de la ciudadaní­a, pero en tanto no ejerzan ni hayan ejercido nunca el poder, no pertenezcan a ningún partido ni ambicionen participar o dirigir algún órgano del Estado; o sea los polí­ticos prí­stinos y ví­rgenes (sic), que han sido bautizados por la polí­tica propiamente dicha, idealistas, utopistas, ingenuos. Pues es a dichos polí­ticos castos -asegura mi corresponsal- que los polí­ticos veteranos y fogueados, que ejercen o han ejercido algún tipo de poder, igualmente les ven la cara, como al resto de la población. (Nota. Es exagerada la cantidad de basura que es enviada a ni buzón electrónico de madera sin cepillar, última generación. ¿Como puedo deshacerme de tanto ripio?)

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Dos caí­das. Un dí­a me caí­ del caballo, y el muy bruto (me refiero a la bestia) en vez de detener su marcha siguió galopando hasta perderse de vista y jamás volví­ a saber de él. A partir de entonces decidí­ ir de un lugar a otro por mis anatómicos y primitivos medios, es decir, a pie, andando, hasta que otro dí­a me caí­ de mí­ mismo y en vez de detener mi marcha me dejé allí­ tirado, como una piedra o un molote de papel, para siempre jamás.

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Las mieles del poder no se hicieron para el pico del polí­tico carroñero.

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Sólo existe algo peor que un polí­tico: otro polí­tico.