Desde ayer los periódicos del país hicieron oficial lo que muchos más o menos temíamos: la pérdida de más de 82 millones de quetzales ahorrados y mal invertidos por el Congreso de la República. Así de sencillo, se perdieron, se esfumaron, se los tragó la tierra. No queda sino, por lo visto y dada la incapacidad de nuestro sistema de justicia, resignarse y llorar por la infinidad de posibilidades perdidas por ese pequeño error financiero de algunos genios del Estado.
Yo creo que en Guatemala mucho antes de «perderse» los 82 millones de quetzales, algunas personas e instituciones del país hemos perdido más que esa enorme cantidad de dinero. Intentemos hacer el recuento de esos elementos que alguna vez fueron parte de nuestro carácter nacional y de la naturaleza propia de las instituciones, pero que por azares del destino, por descuido o por mala voluntad, ahora son sólo parte de la historia.
En primer lugar los banqueros del país hace ratos perdieron la dignidad. Es probable que alguna vez la hayan tenido, como una vez reconoció con nostalgia uno de ellos, pero ahora no hay ni visos de ese respeto mínimo que las personas se deben a sí mismas. Muchos banqueros son simplemente pícaros, ratas de dos patas y aprovechados de pacotilla cuyo único fin es desplumar al cuentahabiente. No son monjas de la caridad, como ellos quisieran aparecer con ese aspecto impoluto, son gángsters de los cuales hay que esconderse por arpías. ¿Pruebas? Banco del Comercio, Banco del Café e infinidad de instituciones que a diario saquean los bolsillos de los ciudadanos.
Los dueños de las gasolineras también perdieron algo: la vergí¼enza. Ya no tienen pena en mostrar a los cuatro vientos su voracidad desmedida, su afán de lucrar a tiempo y destiempo y su incapacidad de conquistar la frugalidad y la templanza. Ellos no llevan sobre sus cabezas el símbolo de la bestia, sino el del dólar o como mínimo el quetzal. Tanta brutalidad en los negocios del combustible los convierte en modelo prototípico en las clases de ética.
Hemos perdido no sólo 89 millones, sino muchas cosas más. Como población perdimos la capacidad de protesta, la sensibilidad ante la muerte, los asesinatos y homicidios, las ganas de trabajar juntos y los sueños por una Guatemala mejor. Nos hemos acostumbrado al secuestro, a las adopciones ilegales y al saqueo de los políticos y malos empresarios. Estamos paralizados y casi muertos en vida.
Estamos perdidos. Hemos perdido. Los 82 millones son sólo la punta del iceberg, la guinda del pastel, el efecto de una causa que anticipaba el desastre. Y como las condiciones parecen no cambiar, seguiremos perdiendo: hoy 82 millones, mil homicidios, doscientos secuestros… mañana mucho más. Hay que irse acostumbrando porque si no terminamos con la causa del mal, la enfermedad seguirá su curso.
Atentos porque el Congreso de la República acaba de revelarnos una identidad a la que parece somos proclives y a la que tenemos que renunciar cuanto antes: ser una sociedad de perdedores.