¿Omnipotente?


Hay cosas en la vida que son espeluznantes y dan miedo: un tirano, por ejemplo, un traficante de drogas, un sicario y, sobre todo, un converso o nacido en Cristo. Pocas cosas pueden ser tan peligrosas como un tipo que dice haber aceptado a Jesús en su corazón y se dedique, de súbito, a esparcir su felicidad a los cuatro vientos.

Eduardo Blandón

Son un atentado por al menos tres razones. En primer lugar, porque suelen concebirse como elegidos, iluminados y especiales a los ojos de Dios. Esta posición de «salvos» (como se sienten) les hace ver el mundo en blanco y negro. Entre ellos o se es pecador o se es santo, pero no hay término medio. Y, sobra decirlo, ellos pertenecen al mundo de los escogidos, a los ciento cuarenta y cuatro mil que estarán en primera lí­nea adorando al Creador inmediatamente después de su segunda venida.

Tener una dignidad así­ les permite una calidad moral que hace temblar a las estrellas. Son crí­ticos férreos, juzgan con infalibilidad y sienten piedad por los que ellos creen extraviados del redil. Si hay alguien en el planeta que se siente propietario de la verdad son éstos, los demás caminan en las tinieblas. Ellos son hijos de la luz, los demás son hijos del demonio. Como se comprenderá una relación así­ con los nacidos en Cristo es casi imposible.

En segundo lugar, los benditos de Padre luchan contra el mal. Así­ los adiestran en sus iglesias (porque aquí­ no hay diálogo humano o discusión) a combatir el pecado -usan un lenguaje bélico y predican, sin embargo, la paz-. Por eso es que no dan tregua cuando se trata de convencer y predicar, son incansables. Pero hay fanáticos que cansados del sermón de la montaña, también saben tomar las armas y poner bombas. Esta es la razón por la que a un cristiano converso no le temblarí­a la mano para fusilar a quien defienda el aborto, proponga la pena de muerte o difunda el matrimonio entre homosexuales. Incluso orarí­a antes del acto y ofrecerí­a su sacrificio al Altí­simo. Con estos cristianos no hay que jugar porque la historia ha demostrado su crueldad con lujo de detalles.

Finalmente, un cristiano convertido en la última etapa de su vida quiere redimirse a toda prisa. Desea volverse héroe y santo en el otoño de su existencia y su fanatismo podrí­a no tener lí­mite. Pero, atentos, porque no siempre esa «metanoia» -cambio de mentalidad según la palabrita griega- no siempre es completa. Eso explica que la gracia de Dios no pueda (aceptémoslo) con tantas mañas. Dios no hace milagros frente a algunas naturalezas perversas. De aquí­ que muchos de esos cristianos semiconversos, usen un doble discurso y sufran su falta de decisión para volverse de corazón a ese Dios que dicen los ha llamado.

Escribo esto porque la semana pasada el diputado Mario Taracena dijo que su colega, Rubén Darí­o Morales, «Se mofa de ser nacido en Cristo, pero bien que se queda con el pisto». Y porque también tengo información de otros «renacidos» entre los unionistas y uneistas (que tampoco son niños de primera comunión). ¿Creerí­a usted la prédica de un desventurado de esos? ¿Aceptarí­a que Dios pueda hacer milagros entre tantos cuatreros del Congreso? Pobre Dios y su tal omnipotencia, quien iba a decir que los parlamentarios pondrí­an en crisis su famoso atributo.