La actividad polí­tica en la democracia


El ciudadano que no comprenda que dentro de la democracia es una obligación y un derecho analizar y participar en la problemática de la polí­tica nacional, departamental y municipal, es una persona que consciente o inconscientemente permite que se le limite en su derecho de pensar, en su capacidad de analizar y en su derecho de opinar; acepta que los grupos de poder lo manipulen.

Juan Francisco Reyes López
jfrlguate@yahoo.com

Dentro del sistema democrático, el ciudadano es intrí­nsecamente un polí­tico, es a través de su opinión, análisis y acción como contribuye a hacer respetar su criterio, a hacer progresar y evolucionar la sociedad, el Estado y el paí­s.

En Guatemala los sectores de poder ocultos han logrado que un buen número de ciudadanos sientan animadversión a la polí­tica, ya no digamos a los partidos polí­ticos, produciendo con ello que el sistema democrático permanezca sumamente debilitado.

Es relativamente aceptable que un ciudadano no desee participar en un partido polí­tico porque considera que no coincide con los principios y las normas que establecen los partidos polí­ticos existentes en el medio.

Es trágico y grave escuchar «yo no soy polí­tico», implica que la persona está permitiendo se le limite como ciudadano. Es grave e injustificable que un ciudadano afirme «no soy polí­tico» cuando se ha desempeñado como diputado, como miembro del Ejecutivo, como persona de confianza y representante -por su nombramiento- del Presidente de la República o ha sido miembro de una corporación municipal, si ha estado inscrito en un partido polí­tico determinado y además ha sido parte de su comité ejecutivo; es autoengañarse.

Para aquellos ciudadanos que no han permitido se les traume, se les condicione o se les limite su derecho o su obligación de ejercer su calidad intrí­nseca de sujeto de derechos y obligaciones, polí­ticamente debe respetarse su opción de ser o no un miembro inscrito de un partido, un dirigente a nivel municipal, departamental o nacional.

El ciudadano que ha optado por ser parte de un partido polí­tico no sólo debe de respetársele sino debe defenderse la libre expresión de su opinión, porque los partidos polí­ticos en el sistema democrático son el medio de cómo actuar, de cómo influir en la solución y la problemática nacional.

En las asambleas no hay que confundir quienes son los ciudadanos afiliados con los delegados que por potestad legal tienen el derecho de votar y de tomar las decisiones institucionales del partido; la presencia de todo afiliado en una asamblea enriquece, no debe limitarse; por el contrario, tendrí­a que fomentarse estableciendo áreas o palcos donde se observe el comportamiento de las asambleas y sus delegados, tal y como se hace en los organismos legislativos. Por ética y por ley deberí­a ser obligatoria la presencia de estos legí­timos observadores del debate y de las decisiones que se tomen dentro de una asamblea partidaria; incluso, dentro de la agenda de la asamblea deberí­a de existir un punto en el cual, de forma anticipada y por un lapso de tiempo determinado, se le permitiera a los afiliados solicitar el uso de la palabra para opinar, preguntar o comentar sobre el desarrollo del partido del que son miembros.

Las universidades, los centros de pensamiento, los medios de comunicación deben de comprender y aceptar que su rol pasivo o limitativo no contribuye al desarrollo de una plena democracia, de nada sirve la discusión académica, la producción intelectual si ésta no se transmite y comparte intensamente con la ciudadaní­a, con los partidos polí­ticos, con los dirigentes del paí­s.