En filosofía se enseña que el otro constituye siempre un misterio. Una incógnita por resolver y un rompecabezas eterno. Hay en el ser humano algo de insondable y fascinante que vuelve a las personas como mínimo interesantes. Así, una pareja con muchos años de vivir juntos, siempre tienen espacio para la novedad, la sorpresa y el milagro. No tendrían que aburrirse por compartir la vida.
Esa rareza de la naturaleza es la que confunde en las relaciones humanas. El otro se vuelve incomprensible, extraño, paradójico, vulgar e inconsistente. Por eso es difícil aceptar al prójimo. Los sujetos no pueden sino frustrar y decepcionar. Estando así las cosas, se entiende por qué algunas personas deciden enclaustrarse en sus casas o huir a un monasterio para no saber nada de tanta vulgaridad humana.
Evidentemente, uno no debería tomarse a pecho las contradicciones humanas so pena de encerrarse y morir olvidado en un cuartucho lleno de libros. Las personas deberían más bien, si fueran inteligentes y por amor a sí mismos, reírse de las imperfecciones personales (propias y ajenas) e intentar ser feliz. Morir decepcionados por tanta desgracia del mundo es no entender la vida y suicidarse.
¿Qué hay motivos para el suicidio? Claro que sí. Uno podría disgustarse por las nimiedades de la vida y escupir al cielo por tanta miseria, pero, ¿para qué sirve tanta autoinmolación? No sirve para nada. Lo mejor quizá sería decidir ir por la vida como un psiquiatra al que la enfermedad y los enfermos apasionan o un cura que siente lástima por tanta maldad y pecado. Además, habría que recordar que el primero y quizá más enfermo y loco es uno mismo.
Uno debería cultivar las amistades más bien con esa gente que se considera rara. Yo mismo, por ejemplo, siento una atracción particular por esos sujetos que muchos consideran intratables, enfermos, endemoniados o locos. Cierto. Tengo amigos, para poner un caso, que se consideran escritores de alta catadura. No paran de hablar de sus glorias, sus reconocimientos, su inmerecido trato en la cultura nacional y yo mismo he llorado con ellos (hay que hacer cine también en la vida). ¿Son raros? No menos que yo ciertamente.
Me caen bien esas personas que no paran de quejarse por lo mal que está el país, el clima, la deforestación, la pobreza y el pecado. Siento gusto por los fanáticos religiosos. Me encanta platicar con Testigos de Jehová, con Adventistas y con los que van con Cash Luna. Soporto a los de izquierda y siento benevolencia con los de extrema derecha (si no me obligan, eso sí, a escucharlos por radio). «Lo que pasa es que el más raro sos vos», me dijo mi esposa un día. Y, sin duda, debe tener razón.
Siento un poco de gusto por el teatro humano. Examino a los políticos, me río de los pastores y me encantan las contradicciones vitales de una mujer religiosa cuando no sabe si amar o renunciar a su pasión. Me atrae terriblemente la obsesión de los cristianos por evitar el pecado de la carne. Siento gusto cuando los veo caer, cuando se rasguñan la cara y van humildes al confesionario. Soy un diablo extraño yo también sin remedio. Absurdo.
Lo bueno es que si no fueran por estas diversiones cotidianas uno no encontraría motivos para la dicha. Teológicamente hablando se podría decir: «tanta ridiculez por algo la habrá permitido Dios». Aprovechémosla.