Hace diez años comenzó a concretarse la fragmentación del Estado. Desincorporación fue el término empleado. A partir de entonces la presencia estatal ha venido a menos. Ahora, próximos al 15 de agosto, en las Fiestas Agostinas, se pretende darle un renovado brillo al denominado Centro Histórico. Sin embargo, en el fondo puede ser la retórica propia de una hipócrita actitud.
Las gestiones de ílvaro Arzú, ahora ya tres veces en la alcaldía de la capital y en la presidencia de la República, sin lugar a dudas marcan una huella que ningún otro guatemalteco podrá emular en mucho tiempo. De hecho no tiene parangón. Quizás el acontecimiento por el que más se le reconozca por mucho tiempo, sea la suscripción de la paz, el 29 de diciembre de 1996 y con ello el cese del conflicto armado interno.
En tanto un contingente de sus colaboradores se enfilaban por las acciones políticas y el mérito internacional que habrían de cosechar (como el caso de Eduardo Stein en la OEA, hoy como ayer); otro grupo se aprestaba a impulsar con un dinamismo inusual el desmantelamiento del que fuera hasta entonces el aparato estatal. En 1997 comenzó a operarse todo el andamiaje jurídico que permitió concretar tales propósitos.
Mediante una lógica que casi fue aplaudida por la «izquierda reconciliada», estaba la desconcentración que se operó en el hasta entonces Palacio Nacional. Así el halo de interferencia del aparato militar se vería mermado, se argumentó. Y los despachos ministeriales comenzaron a salir del «centro» en un frenético esfuerzo por dar una nueva «cara» a la gestión pública.
De pronto y de hecho el Palacio Nacional se quedó mudo. Los pasillos otrora congestionados, ahora estaban desiertos. Y en poco tiempo la recuperación del Centro Histórico enfrentaba otro tipo de desafíos, aquel vacío afectó la actividad comercial y otro alcalde de aquel grupo transformó en un gran mercado de corredores varias avenidas y la 18 calle de manera simultánea. Se acentuó la precaria iluminación pública. Pero, cada cierto tiempo se alardeaba de la recuperación de esos históricos pasajes.
Si a los campos de la «Feria Agostina» se llega por la otrora pujante Sexta Avenida y de ésta a la Avenida Simeón Cañas, el descuido en las aceras es una muestra muy ilustrativa de cuán fallida o hipócrita ha sido la denominada recuperación del Centro Histórico. Baste para ello un simple ejemplo. En frente de la propia Casa Presidencial, el estado de la banqueta está tan deplorable, que no hay semana en la que más de algún transeúnte resulte con lesiones en sus extremidades inferiores por el evidente descuido. Igual sucede en la séptima avenida. En las calles aledañas al Palacio Nacional, los hoyos y las irregularidades de las banquetas abundan. La porquería también es abundante, la mierda está por doquier.
Alguna vez se calificó a las múltiples administraciones que han ido del Comité Cívico, Plan de Avanzada Nacional, luego como el Partido de Avanzada Nacional, hasta llegar a la nueva denominación de Partido Unionista, que ostenta actualmente, que sólo fincaba sus esfuerzos en lo cosmético, en los jardines, en la apariencia. Y tales afirmaciones, a mi juicio siguen teniendo un alto grado de validez, pues hemos visto cómo se ha remozado la Avenida Reforma, la Sexta y la Séptima Avenidas, pero de la zona 9, las aceras de la «Zona Viva» y otros arreglos en las zonas 10 y 14, ilustran este sesgo en la atención cosmética de la administración capitalina, que lleva más de veinte años a cargo del mismo «equipo».
Ahora que se promueven actividades lúdicas, exposiciones y presencia cultural en las avenidas, calles y plazas del Centro Histórico, con ocasión de la Fiesta del Municipio, sería oportuno un abordaje que justifique los gastos del «Boleto de Ornato», en el Centro Histórico, pues no es algo superficial y le daría un adecuado sentido a esa frase recién acuñada que dice: «Tu eres la Ciudad». Y entonces caminar, por cuestiones de infraestructura no sería tan riesgoso como lo es ahora. Ellos de hoy en adelante (de agosto) tienen «la oportunidad» como decía una de sus cancioncitas electorales allá en 1995.