Sin don Benito Juárez viviera en Guatemala, dudo que volviera a escribir su famosa frase de que «el respeto al derecho ajeno es la paz» o al menos, estaría diciendo lo mismo, solo que al revés: «el irrespeto al derecho ajeno es la razón del porqué perdimos la paz». La anarquía, es decir el desorden imperante por falta de gobierno, nos trae de cabeza. Así como al chofer del autobús urbano le importa un pito la disposición de que los miembros de la tercera edad con carné tengan derecho a utilizar el servicio público gratuitamente, cualquier perico de los palotes se toma ínfulas para impedir el paso en cualquier sitio, razonando que está ejerciendo su derecho a manifestar.
Mientras nuestras autoridades sigan creyendo que preservar la paz es irle a poner todos los días una rosa a un monumento con un par de manos izquierdas colocadas en el Palacio Nacional, vamos a seguir fregados todos ustedes. ¡Vaya si no se volvió a equivocar el electorado guatemalteco! Los recién electos siguen creyendo que conservar la paz es salir al interior de la República con un montón de pisto para repartirlo como mejor se les antoje, manteniendo ministros incapaces de atender como se debe los requerimientos del campesinado, empezando por distribuir mal y mañosamente los fertilizantes indispensables para lograr sus mejores cosechas. De ahí las decisiones de «estadista» para nombrar una comisión para atender a miles de manifestantes que debidamente azuzados y financiados se vienen a la ciudad capital para causar todavía más trastornos a sus paisanos, quienes tienen el sobrado derecho para gozar de libre locomoción, como a mantener su honrada y constante lucha para ganar el sustento diario.
Para eliminar la anarquía imperante urge meternos dentro de la cabeza todos los guatemaltecos, que nuestros derechos terminan donde empiezan los de los demás. No porque la delincuencia afecte a un sector de la población, se va a reaccionar ocasionándole más daños y perjuicios al resto. Es imposible vivir en paz si cada ciudadano hace caso omiso de las leyes del país, empezando por los diputados, siguiendo con los procuradores de justicia y terminando con los también delincuentes que aun vistiendo uniforme, que identifica claramente que son autoridad competente, se ponen a pedirle mordida al primer conductor que encuentran en su camino.
Es cierto, antes del 14 de enero del 2008, no estábamos los chapines durmiendo sobre lechos de pétalos de rosas, ni cosa que se parezca, pero volver a pasar otros cuatro años de igual o peor manera que los anteriores, sería igual a motivar a una «súper paciente» población para que reviente en el momento menos pensado. Hoy, presidente y demás autoridades, la situación está que arde, sin pisto para satisfacer las mínimas necesidades, sin servicios públicos que al menos alivien la situación y con autoridades tan flojas, indecisas, incapaces e ineficientes ¡que para qué les cuento!