A propósito de las ideas de depuración


Mucho más pronto de lo que ocurrió con el Congreso electo en 1990, cuando también se eligió a Jorge Serrano Presidente de la República, se escuchan voces que claman por la depuración del Organismo Legislativo luego de situaciones como la del desví­o de los ochenta y dos millones más las públicas declaraciones de que en temas como Petrocaribe algunas bancadas han negociado el voto a favor a cambio de dinero para que sea manejado por alcaldes del respectivo partido.

Oscar Clemente Marroquí­n
ocmarroq@lahora.com.gt

Sin embargo, a la luz de la experiencia previa hay que preguntarse el sentido de una acción como aquella depuración que, al final de cuentas, apenas fue un cambio de nombres pero no de actitudes y la mejor prueba la tenemos ahora cuando nuevamente la población aborda el tema con la esperanza de que ello pudiera oxigenar el criticado régimen polí­tico del paí­s. La verdad es que depurar para cambiar diputados sin que cambie el procedimiento para elegirlos serí­a nada más darles a otros la oportunidad de hacer exactamente lo mismo y, por enésima vez en nuestra vida polí­tica, cambiar para que nada cambie.

Es un hecho que la mayorí­a de los diputados que integran nuestro poder legislativo llegan tras comprar la respectiva postulación porque dado el sistema actual del financiamiento de los partidos polí­ticos, la venta de curules se convierte en una fuente de ingresos muy importante para la estructura partidaria. Y como no tenemos partidos realmente ideológicos, que se ocupen con seriedad en la formación de cuadros y preparación de la militancia para que vaya ocupando posiciones de elección popular, resulta que siempre es quien tiene capacidad económica para comprar una candidatura el que termina llegando al Congreso. Salvo aquellos casos en los que hay un efectivo cacicazgo local que obliga a tomar en cuenta a la persona para que sume los votos de un distrito determinado, la mayorí­a de los miembros del parlamento se distinguen por haber tenido la oportunidad de poner billete sobre billete para figurar en el listado.

Los diputados son, técnica y legalmente, representantes del pueblo pero a la larga terminan representando cualquier clase de intereses menos los de la población. Obviamente en este Congreso, como en el que fue electo en 1990 y depurado durante el gobierno de Ramiro de León Carpio, hay individuos que son no sólo competentes sino que además actúan de manera responsable en ejercicio de la representación que ostentan. Me atrevo a mencionar un caso, como muestra de que sí­ hay excepciones y a sabiendas de que no es el único aunque posiblemente sea uno de los más conocidos, y es el de la diputada Nineth Montenegro que contra viento y marea libra una lucha tenaz por ejercer las funciones de control y fiscalización que puede en el relativamente estrecho marco de la función de un diputado.

Pero el caso es que unas cuantas golondrinas que se esfuerzan por hacer verano la tienen muy difí­cil y mientras más auténtica sea su lucha, mayor probabilidad de que les termine ganando la frustración porque es obvio que siendo un cuerpo colegiado con tantos miembros, harí­a falta mucho para que esas voces aisladas y posturas excepcionales lleguen a calar y a tener una proyección de real impacto.

Por ello es que pienso que si algún dí­a se depurara nuestro sistema polí­tico, no bastarí­a con repetir el modelito de la vez pasada, sino que tendrí­amos por fuerza que empezar por depurar el sistema para que no tengamos más de lo mismo.