En países como nuestra Guatemala, caminantes en los cauces del sistema «democrático» y con los toscos y pesados caites del subdesarrollo en pleno siglo XXI, se están cometiendo tamañas arbitrariedades e injusticias contra hombres y mujeres que constituyen parte de la llamada fuerza laboral.
En efecto, los trabajadores y trabajadoras de las diferentes ramas de la vida activa y productiva de dichos países están siendo discriminados por razones de edad, de raza, de ideología, de militancia política, de condición física, de nacionalidad e, incluso, de religión, en casi todos los entes industriales, comerciales, agrícolas, bancarios y, aún, en los estatales. ¡Qué barbaridad de barbaridades! ¡Condenable e imperdonable lo que está ocurriendo!
En el oficialismo hay excepciones en cuanto a esa clase de discriminación, pues se pone en verde el semáforo para que participen en la pepena al despanzurrar la piñata los amigos, amiguetes, amigas y amiguitas…, los parientes, los compadres, los compañeros de tenebrosas rutas, entre otros y otras que en una forma u otra han hecho la ¡upa! en las alegres y alharaquientas rondas electorales (o electoreras) para que se trepen a lo alto del palacio verde-esperanza los personajes que, demagógicamente, ofrecen ¡sacrificarse por la patria y por el pueee?blo!, tan pronto como hayan ocupado las muy codiciadas jugosas posiciones de la frondosa burocracia.
A las personas -venerables desconocidas, no del redil- mayores de 30 años, que solicitan empleo, les dan portazos en trompas y narices, como suele decirse entre el vulgo chapín. Para los empleadores, esas personas ya son simple «chatarra»; ya son unos pobres carcamales dignos de vivir hasta morir en los eriales de la cesantía.
Como que para esa gente de poderío económico y burocrático la Constitución de la República y las leyes laborales, revAestidas de constitucionalidad, no son más que papel mojado que debería irse, piadosamente, como quien dice, al cesto de la basura.
En la pasada contienda comicial de tantos ruidos, chirridos y chillidos; de tantas promesas de frescos demagogos, nadie, realmente nadie, habló de deducir responsabilidades legales a los empresarios y demás empleadores de los sectores público y privado que pisotean los legítimos derechos de las personas que han rebasado la edad de 30 años.
En otros países en vías de desarrollo, ya no digamos en pleno desarrollo, donde se ha alcanzado buen nivel de justicia social, de cultura y de respeto a la ley en el campo democrático (así, sin comillas), no se dan casos de discriminación -como los de referencia- contra los trabajadores y trabajadoras de las diversas profesiones; antes bien, aun a la gente que ha rebasado la «barrera del sonido»; es decir, los 30, 40, 50, 60, 70, 80 o más años, le dan oportunidad de trabajar en posiciones acordes con sus aptitudes o capacidades aprovechando las experiencias y los conocimientos acumulados a lo largo de toda una vida en actividad.
En los Estados Unidos de América, en la República de China (Taiwán), en Israel, en Japón, en Corea y? para qué traer a colación otras naciones, hay muchas personas añosas, no relegadas por la edad, prestando meritorios servicios en entes gubernamentales y privados, pero lo que es aquí, aquí en este anarquizado patio centroamericano, los señores con gorda obligación de administrar pronta y eficaz justicia social, nada dicen ni hacen para frenar las constantes y flagrantes violaciones a los preceptos constitucionales y legales propiamente dichos que, al menos en su letra muerta, «protegen» (sobre todo en la angustiosa situación de crisis que empeora cada día) a quienes dependen del indispensable como dignificante salario vital.
Hora es ya, -y ya se hizo demasiado tarde-, señores del empresariado privado y del gobierno; en particular de las autoridades del ramo laboral, de evitar que se siga menospreciando y prescindiendo de los servicios de los guatemaltecos que tienen edades arriba de los 30 años, porque eso puede dar motivos para provocar estallidos sociales que nadie estará deseando, pero sí muchos avestruces, con la cabeza metida en la arena y con el corpanchón de fuera, los estarán propiciando temerariamente con sus arbitrariedades e injusticias por demás antidemocráticas.
¿Lo habrán pensado o previsto, señores del jurado?