Pocas celebridades en el mundo despiertan en mí la admiración que siento por el estadista sudafricano Nelson Mandela, quien, como se ha publicado ampliamente, el pasado viernes cumplió 90 años de edad.
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Guardando las distancias, similar respeto me merece el abogado guatemalteco Alfonso Bauer Paiz, quien hace pocas semanas también arribó a las nueve décadas, rodeado del afecto y el reconocimiento de numerosas personas y organizaciones sociales, culturales y académicas del país, porque se trata de una rara especie de político honesto, sencillo y humilde, dedicado a las causas nobles, especialmente a favor de las luchas de indígenas y campesinos.
Similares características distinguen al ex presidente Mandela, cuya personalidad trasciende las fronteras del mundo, sin que la fama lo haya ensoberbecido, tal como ocurre con otros hombres que cuando alcanzan singular notoriedad, su arrogancia oscurece sus posibles cualidades y virtudes.
Probablemente estas líneas no contengan alguna información inédita respecto de quien se convirtió en el paradigma de la lucha contra la segregación racial en Sudáfrica (el oprobioso apartheid) y el mundo en general, acreedor de una popularidad permanente, fruto de su inquebrantable lucha por la igualdad y la reconciliación en su propio país.
Nacido el 18 de julio de 1918 en el sudeste de Sudáfrica, a los 21 años de edad ingresó a la universidad de Fort Hare, único centro de estudios superiores para negros por aquel entonces, y cuatro años más se enroló en el Congreso Nacional Africano, organización política que se rebeló contra el minoritario régimen racista blanco y de la cual se convirtió en su dirigente más significativo.
Durante los años subsiguientes, Mandela siguió encabezando la lucha contra el apartheid, y en 1962 devino en comandante en jefe del brazo armado del CNA. Su núcleo dirigente fue detenido en 1963 y el 12 de junio del año siguiente Mandela y el resto de los acusados fueron condenados a cadena perpetua.
Después de 27 años de permanecer en prisión, Mandela logró su libertad, reiniciando su lucha por la igualdad racial. El régimen blanco, en 1994, se vio obligado a convocar a elecciones multirraciales, y Mandela, quien un año antes había obtenido el Premio Nobel de la Paz, fue elegido presidente.
El líder sudafricano pudo haberse reelegido en el cargo; pero, consecuente con su dignidad, no se aferró al poder y se retiró a la vida privada, aunque no abandona sus postulados. Durante una de sus pocas apariciones públicas declaró que estará «Allí donde reinen la pobreza y la enfermedad, incluido el sida; allí donde los seres humanos sufren represión, porque todavía hay trabajo por hacer».
(Romualdo y yo auguramos bendiciones, salud y paz a Nelson Mandela)