Drogadictos


América Latina es un continente de drogadictos. Así­ es, justo como lo lee. Nada raro ni sorprendente si consideramos que los paí­ses son pequeños infiernos en los que la única salida es la evasión. No huir de la vida no es sólo imposible sino imbécil. Vivir la realidad y no inventar mundos a través de medios naturales o sobrenaturales sólo puede conducir a la locura o al suicidio. Y, dado que el í­ndice de suicidios en este continente es bajo, debemos concluir que por las calles circulan o locos o drogadictos (o ambos a la vez).

Eduardo Blandón

Pero mi hipótesis es que nuestras ciudades están atoradas de gente zombi, sujetos que se hacen ayudar de sustancias quí­micas o sucedáneas para hacer de esta vida algo más decente. Es tan «normal» el fenómeno y tan frecuente, que quizá ni los sociólogos ni psicólogos (y menos los filósofos) se han enterado de las fórmulas escapatorias por las cuales a diario, gracias a Dios, los ciudadanos encuentran más bonito «el mejor de los mundos».

Este planeta nunca ha sido el paraí­so terrenal. Creer en la ficción de Leibniz es una ofensa a la realidad. El mundo es adverso a los seres humanos por definición y es mentiroso afirmar que «la tierra es nuestro hogar». Si la vida fuera lo «non plus», el pitecántropo no se hubiera pasado la vida ingeniándoselas para evitar las inclemencias de la existencia. Ya habrí­amos claudicado en lo que a invención se refiere y dormirí­amos todo el tiempo, como osos, jugarí­amos como niños y nos aparearí­amos como animales. Pero, la vida es una calamidad completa.

Por eso es que la droga tiene sentido y los homí­nidos americanos desde siempre han sido viciosos. Inteligentes como son estos pueblos, han sabido refinarse en el mundo de la evasión: la escritura fantástica, las religiones, la coca, el alcohol, los deportes, los amorí­os, el trabajo… En fin, la gente hace cualquier cosa para no pensar en la maldita vida y encontrar rincones más agradables y habitables.

La religión es una de las drogas más elegantes y permitidas en nuestro continente. Pero no es un fenómeno escapatorio reciente. En realidad estos pueblos han sido drogo-dependientes-religiosos desde siempre. Descansar en los brazos de los dioses ha sido de antologí­a. Renunciar a la inteligencia, entregarle la facultad al Creador, gritar amén y cantar y bailar es una experiencia alucinante, gozosa, espiritual, muy parecida a la que se siente cuando uno lleva consumida media botella de ron (por favor, antes de criticarme hacer la prueba).

Entonces, se drogan los que dominicalmente van al templo, los que visitamos las cantinas los viernes, los trabajólicos que no conocen el descanso, la señora que mira la novela de las seis, el «nerdo» que lee incluso en el inodoro, el periodista que nunca descansa, el empresario que vive para el lucro, el niño que no deja el Nintendo, la señorita que vive pegada a su celular, el Pastor que no deja de hablar de Dios y, también, claro está los que hacen de la escritura su «modus vivendi». La droga se ha hecho universal y no hay quien no tenga una. La consigna es huir de esta maldita existencia y esperar pacientemente que un dí­a, sin que nos demos cuenta ni nos duela, venga la muerte y haga lo suyo. Tranquilí­cese, es normal, y, por favor, no le llame pecado.