En 1987 iniciamos la segunda época del periódico literario Tzolkin, con el apoyo del Ministerio de Cultura y en forma de suplemento del Diario de Centro América. Uno de los números mejor logrados incluía poesía inédita de Manuel José Arce. La edición fue del 18 de noviembre de 1988. Cuatro días después ocurrió la masacre de El Aguacate, Chimaltenango, cuando 22 campesinos indefensos fueron ejecutados.
La poesía que incluimos de Arce tenía dedicatoria: el General. Un diputado servil mostró nuestra publicación en el hemiciclo parlamentario, usándolo como argumento contra el gobierno. La avalancha no se hizo esperar. Una carta amenazante del Estado Mayor de la Defensa obligó a clausurar el semanario.
Hoy vuelvo a la indignación de Manuel José: «General -No importa cual, da lo mismo, es igual-, / para ser General,/ como usted, General/ se necesita/ haber sido nombrado General./ Y para ser nombrado General,/ como usted, General,/ se necesita/ lo que a usted no le falta, General./ Usted merece bien ser General: llena los requisitos, General./ Ha bombardeado aldeas miserables,/ ha torturado niños,/ ha cortado los pechos de las madres rebosantes de leche,/ ha arrancado testículos y lenguas,/ uñas y labios y ojos y alaridos,/ ha vendido mi patria,/ el sudor de mi pueblo/ y la sangre de todos./ Ha robado, ha mentido, ha saqueado,/ ha vivido/ así, de esta manera, General».
La política genocida de la «tierra arrasada» principió al final de los 70 y luego vino una represión selectiva. Poner nombre y apellido a los genocidas corre el riesgo de desviar una responsabilidad institucional.
Según Hegel, el mundo moderno de los Estados cristianos sólo tendrá su sentido absoluto, universal, de dignidad humana, en la medida en que recuerda y, a la vez, al recordar, trasciende el sentido de esa dignidad. De ahí se sigue que, donde no hay recuerdos históricos, no puede haber desarrollo político real.
La denuncia se inspira en una auténtica conciencia histórica. Los males y los agravios continúan, pero hay otros criminales más difíciles de reconocer: los señores de las sombras y la muerte. Frente a la falta de opciones nos queda la esperanza. No es algo que vendrá del cielo o que otros buscarán en nuestro nombre. Ahora más que nunca es impostergable la recomposición del sistema de representación política. No basta recordar y mantenerse en el rencor. Mientras llega la hora de la justicia, luchemos por construir una nueva memoria. Nuestros hijos e hijas lo merecen.