Un grupo de Peregrinos de Corea del Sur se cruza con otro de España, y a falta de un idioma común, se saludan con gritos y ondean banderas de sus países: Sydney fue invadida por una bulliciosa marea de personas de todo el mundo que asisten a las Jornadas Mundiales de la Juventud.
Las calles de esta metrópolis australiana muestran una cara diferente desde hace una semana. Es imposible caminar más de un par de cuadras sin encontrarse con grupos de peregrinos, identificables con sus morrales a cuestas, las banderas de sus respectivos países y alguna prenda de vestir con las iniciales WYD, el nombre de las jornadas en inglés.
Están acá «para compartir experiencias, para reiterar la fe, unidos bajo un mismo nombre, el de Jesús», indica Clara Zúñiga, una dominicana de 21 años, que dice que llegó el domingo a Sydney desde Santo Domingo con la ilusión de ver al papa Benedicto XVI, invitado de honor de estas jornadas.
«Yo vine acá para compartir con los australianos mi experiencia, porque el Señor ha hecho mucho por mí, me cambió la vida, y quiero que los australianos sepan que también puede cambiar la de ellos», expresa por su parte Maricarmen Cavallo, una española del grupo que saludó a los surcoreanos.
«Estamos con mucha expectativa, con muchas ganas en estas jornadas» que se iniciaron hoy y se prolongan hasta el domingo, cuando las cerrará Benedicto XVI con una misa a la que se espera asistan medio millón de personas, señala Cavallo, madrileña de 25 años.
Las Jornadas Mundiales de la Juventud de este año, que se realizan luego de las de Alemania en 2005, se iniciaron hoy con una multitudinaria misa en Bangaroo, zona ubicada frente a la deslumbrante bahía de Sydney, ciudad que recibió a unos 125 mil visitantes extranjeros repleta de banderas multicolores.
Toda vez que el Papa se encuentra descansando en una propiedad del Opus Dei cerca de Sidney, la misa de hoy fue celebrada por el arzobispo de esta ciudad, cardenal George Pell, acompañado de 26 cardenales y 400 obispos, así como de una orquesta de 80 músicos y un coro de cientos de jóvenes.
Antes de celebrar la eucaristía, hubo una procesión de las banderas de los 168 países presentes en las jornadas.
Posteriormente, hubo un recibimiento aborigen, un acto en el que indígenas locales dieron la bienvenida a los jóvenes. Momentos antes, llegaron al lugar de la misa la cruz de 3,8 metros y el ícono de las jornadas que pesa 15 kilos y representa a María y Jesús, que estuvieron un año recorriendo Australia.
«La misa me gustó mucho, nos llegó el mensaje de compromiso con la Iglesia, a pesar de que la verdad no entendimos todo, salvo una parte que fue en español, pero el resto fue en inglés y todavía nos estamos acostumbrando al idioma», dijo Miriam Mejía, una peregrina de 27 años de Caracas.
Esa barrera, sin embargo, no le ha impedido que junto a otros venezolanos «intercambiemos experiencias con gente de todas partes, porque de eso se tratan estas jornadas».
Al finalizar la misa, la marea se empieza a dispersar y cada grupo de peregrinos se dirige hacia la casa o parroquia donde ha sido recibido, para descansar y retomar fuerzas para las actividades de mañana, cuando se anuncian espectáculos musicales y foros con discusiones de los más diversos tópicos, en espera de Benedicto XVI, que se suma a las jornadas el jueves.