El pan y el sacrificio


Cuando alguien en su breve paso por la vida, triunfa a base de trabajo, esfuerzo y sacrificio, bien vale la pena que se le haga un reconocimiento. No sé si estas palabras ya han sido escritas o dichas por otras personas, pero yo las uso como un homenaje a quien desde el rústico horno de leña, lanzó al mundo un producto llamado «Tortas Mila», que se ha convertido en orgullo para el pueblo Teculuteco.

Guillermo Castañeda Lee, R-19 No. 997, Teculután, Zacapa

En esta misma columna de opinión «Cartas del Lector», tuve hace algún tiempo el honor de reconocer el mérito de dos prominentes teculutecos como lo eran Don Carlos Paiz Ayala y doña Celia Adolfina Castañeda de Bosque, el primero en el comercio y la segunda con el impulso que le dio a los helados y a los restaurantes Sarita, resaltando la coincidencia de que ambos eran tataranietos de don Luis Cordón y de doña Ana Josefa Paz o sea bisnietos de dos hijos de don Luis y doña Ana Josefa.

Algunos dicen que la estirpe ya se trae y este parece ser el caso de doña Mila, nombre con que era conocida doña Marí­a de los Milagros Paz Chacón, que también es bisnieta de otro de los hijos de esta prolija pareja, que entre descendientes consanguí­neos y sus cónyuges, tiene contabilizados más de 30 mil personas, distribuidos a lo largo y ancho de toda Guatemala y en varios paí­ses del mundo, incluyendo China Continental.

Hace poco tiempo, una prestigiada revista hizo un reportaje sobre el pan, donde se incluyó las declaraciones de un hijo de doña Mila, que decí­a que Tortas Milas habí­a nacido en los años 70 cuando el iba a la escuela y que tení­a que entregar el pan que su mamá horneaba antes de ir a ésta, pues a los teculutecos les gustaba el pan todaví­a calientito. Yo rebatí­ esta aseveración, pues me constaba que yo veí­a a doña Mila horneando pan allá por el 43 o 44, cuando apenas era una niñita que tení­a unos 7 u 8 años, encaramada en una caja de madera de esas de jabón, para poder alcanzar la boca del horno.

Esa fue la vida de doña Mila, de trabajo, de sacrificio, de principios morales intachables, que llevó la cruz de su familia a cuestas, pero que nunca desmayó y por eso Dios la premió, dándole una numerosa descendencia y un descanso eterno.