El presidente Nicolas Sarkozy lanzará el domingo con fasto en París su proyecto «Unión por el Mediterráneo» junto a dirigentes de más de 40 países, pese a disensiones persistentes y a las dudas que suscita el buen funcionamiento de un conjunto como ése.
La presencia del presidente sirio Bachar Al Assad, marginado largo tiempo de este tipo de ambientes, marcará la cumbre, a la que asistirá también el primer ministro israelí Ehud Olmert.
Bachar Al Assad y Ehud Olmert se hallarán así sentados a la misma mesa, aunque a una cierta distancia.
Aunque no hay encuentro directo previsto, todo el mundo observará un eventual estrechón de manos, que sería histórico entre los jefes de dos países que formalmente están en guerra desde 1948.
Un sólo invitado destacado ha desairado el encuentro: el dirigente libio Muammar Kadhafi, que comparó el proyecto a un «campo minado», destinado a volver a colocar a los países árabes bajo el mando de los europeos.
El evento, pensado por Sarkozy como el mayor acto diplomático de su presidencia de la UE, que empezó este mes, sólo durará tres horas y se realizará bajo estrictas medidas de seguridad en el Grand Palais, en París, un monumento construido para la gran Exposición Universal de 1900.
Allí nacerá una unión con al menos 43 miembros: los 27 de la UE, 10 países del sur -Argelia, Egipto, Israel, Jordania, Líbano, Marruecos, Mauritania, Siria, Túnez y Turquía- y la Autoridad Palestina, así como Albania, Croacia, Bosnia-Herzegovina, Montenegro y Mónaco. Libia figura entre los invitados.
Esta unión formará un conjunto heterogéneo de 765 millones de personas y se extenderá de las orillas danesas de Groenlandia a las arenas de Jordania.
Según lo entiende Sarkozy, que piensa que «el futuro de Europa está en el Sur», la UPM deberá permitir, entre otras cosas, ganar el combate contra «el terrorismo, el integrismo, el fundamentalismo».
La UPM debe apoyarse en la cooperación sobre asuntos concretos, como la lucha contra la contaminación, la energía solar y la seguridad civil.
El presidente francés quiere así diferenciarla del «proceso de Barcelona», lanzado en 1995 entre la UE y los países del Sur, y que pese a sus resultados limitados los europeos no quieren abandonar.
La canciller alemana Angela Merkel rechazó de plano el proyecto inicial de Sarkozy, que se limitaba a los países del contorno mediterráneo.
Merkel vio allí una amenaza de «explosión» de la construcción europea y exigió -y obtuvo- que la UPM vuelva al seno europeo e integre a los 27 de la UE, colocándose así en la continuidad de Barcelona.
Pese a su participación, Turquía tema por su lado un proyecto que podría servir para eludir su adhesión a la UE, que rechaza Sarkozy.
Francia debió superar también la hostilidad de países árabes como Argelia, reticentes a embarcarse en una Unión que incluya a Israel, sin contar las rivalidades que pueden llevar, por ejemplo, a Rabat y Túnez disputarse la sede de la futura Secretaría General de la UPM.
La «parte política» de la declaración inicial debe ser «lo menos política posible», en particular en cuanto al proceso de paz en Medio Oriente, estimó un analista, que no descartó, sin embargo, una intensa actividad diplomática paralela con motivo de la cumbre.
La mayor parte de dirigentes deben asistir, al día siguiente, al desfile militar de la fiesta nacional francesa, en los Campos Elíseos.