Como todos los viernes en nuestra columna Temas musicales pergeñaremos a vuelapluma aspectos sobre los más destacados músicos occidentales de todos los tiempos. En esta columna continuamos nuestro homenaje a ese inmenso director de orquesta, uno de los más destacados del siglo XX: Herbert von Karajan y hacemos un marco propicio para el sonido de Casiopea, esposa dorada que está en mi como límpida aurora, infinita y fresca, quien tiene voz de golondrina y música en sus alas élficas, es alborada de ternura y dulce apergio y pulsación de esperanzas.
En la actualidad el público sabe, a través de la televisión, a qué puede aspirar. De manera que prefieren verlo mejor (sobre todo en estos tiempos del DVD de alta resolución), en lugar de asistir a un pequeño teatro o a un concierto.
Von Karajan se hizo famoso a los 50 años. En la actualidad, un director de orquesta puede tener una carrera rápida y hay muchos que lo intentan. Pero, como opinaba el gran maestro von Karajan: …sin embargo, personalmente opino que no debe hacerlo. Es mejor acumular experiencia. Un pianista puede practicar en su casa. Pero lleva muchos años adquirir experiencia con la ópera y con el repertorio sinfónico. Cuando uno dirige una ópera por primera vez, lo comprende.
Los comentarios retrospectivos de von Karajan siempre fueron breves y generalmente están basados en hechos que fueron modificados a favor de la experiencia.
En tal sentido, la crítica que David Cairns hace de la música de von Karajan es extensiva a sus recuerdos.
Dice Cairns: «…una sinfonía es un drama y se llega a la verdad a través de la discusión. Von Karajan, el superhombre de la institución musical, rechaza la discusión y trata de que las situaciones difíciles? se superen serenamente.»
Cuando von Karajan decidió abandonar la ciudad de Ulm debió haber sido traumático. El maestro fue muy decidido cuando se trataba de música, pero fue un hombre inseguro. Su necesidad obsesiva de controlarlo todo, su exigencia respecto de la lealtad, su enfoque machista de la vida deportiva, su perfeccionismo exagerado y su insistencia en poseer un contrato vitalicio con la Filarmónica de Berlín, lo demuestra en grado sumo. Cincuenta años más tarde, cuando hablaba sobre su alejamiento de Ulm, aún se podía percibir resabios de ansiedad y desesperación.
Von Karajan deambuló por Berlín durante tres meses sin mayores resultados. No es un tiempo muy largo, a menos que se trate de Herbert von Karajan. Le decían: ha estado cinco años en Ulm. No le hemos escuchado.
Von Karajan para demostrar su potencial musical, les decía que no le dieran un contrato, hasta que lo vieran dirigir un ensayo. Y que si les parecía, le permitieran dirigir la primera obra de la temporada. Entonces, si lo hacía bien que lo contrataran. Los hombres de Berlín estuvieron de acuerdo.
El maestro preparó Fidelio de Beethoven. La función tuvo lugar en septiembre y fue designado director musical de Aachen. De pronto la gente comenzó a interesarse por él. Percibieron que había dado el gran salto.
El contrato no era solamente como director musical de la Staatoper de Aachen.
En el término de seis meses von Karajan, en 1935, ya había remplazado a Rabbe como director musical general con gran enojo del mismo.
En 1935 se presionó al gran maestro para que se afiliase al partido nazi; y fue así como empezó su peligrosa vinculación con el nacionalsocialismo. Como director musical de la í“pera de Aachen no estaba expuesto políticamente, pero cuando llegó el momento de firmar el contrato como director musical general, su secretaria comentó que el jefe del partido en Aachen había afirmado que su nombramiento no era seguro, pues no era miembro del partido nazi.
Tenía un papel que se interponía entre él y un poder casi ilimitado, así como un presupuesto que le permitía organizar una orquesta, con la que podría ofrecer cuantos conciertos deseara e incluso hacer giras. Tenía una secretaria, un despacho, estaba, pues, en la gloria. Pero le decían que tenía que afiliarse y que quizá debería ofrecer un concierto cada tiempo para los nazis; eso era todo. De modo que firmó. Pero después la gente le endilgaba:
naturalmente , eres nazi.