Setenta ¿y…?


Cuando Dios le permite a un ser humano arribar a los 70 años, como me acontece hoy, uno se pregunta ¿qué continúa? La interrogante es válida, aunque la respuesta no la conoce nadie. Si buscamos parámetros, encontramos en nuestro paí­s personas que ocupan importantes cargos en los grupos empresariales que forjaron a través de toda una vida, igualmente sucede en los organismos del Estado como el Congreso de la República, donde existen diputados que rebasan dicha edad.

Juan Francisco Reyes López
jfrlguate@yahoo.com

Al mirar retrospectivamente confirmo que la vida ha transcurrido en su mayor parte con sus hechos y circunstancias positivas y negativas, no puedo más que agradecerle al altí­simo esos 70 años que me ha concedido. El cuerpo está achacoso, la mente ágil y el espí­ritu en alto. Al mirar a mi alrededor son muchos los seres queridos ausentes, unos ya partieron, otros desertaron. Como es natural, nuevos amores se han incorporado y enriquecido a esta etapa de mi vida, destacan de una y otra forma mis nietos que recientemente coronara el octavo, a quien sus padres, en agradecimiento a la Guadalupana y en honor a quien el Santo Padre, Juan Pablo II elevara a los altares en su última visita a Guatemala y México, lo llamaron Juan Diego.

Como persona de principios agradezco lo recibido y acepto el porvenir. No existe una bola de cristal, ni ser humano en el mundo que pueda determinar el porvenir. En mi caso no me afano, cada dí­a lo material me es menos menester, me complace el poder hacerme el desayuno, la cena y el lavar los utensilios que utilizo para el efecto, será que poco a poco volvemos a lo fundamental y comprendemos que los afanes de las diferentes etapas de la vida son distintos.

No llego todaví­a, aunque sí­ lo ambiciono, a la situación de poder decir: «nada me inmuta, nada me turba, yo en Dios confí­o, í‰l es eterno, yo en Dios descanso». Lograr esa tranquilidad, esa paz, ese misticismo no es fácil y menos en alguien que siempre ha sido inquieto, que el no hacer o peor aún el dedicarse a la vida social, a preocuparse de su placer y de su yo, no ha sido y espero no sea una última etapa de mi existencia porque si bien cada quien tiene sus derechos y sus gustos, espero no caer en el comportamiento de una cigarra.

Los principios que heredé, mi autorrespeto lo evidencio con hechos y aunque pueda yo carecer del elogio y del halago que pueden producir y lograr las personas que se dedican a aparentar y a socializar, estoy conforme con lo que Dios me ha otorgado, con lo que me ha permitido. Si en algún momento me asalta la tristeza, pienso, le agradezco lo que ha transcurrido en cada una de las etapas de mi vida. Los dones se cuentan no por uno, se cuentan por el transcurso del tiempo y por los demás.

A diferencia de otros años, no acepté festejar, solicité a mis tres hijos que hicieran caso omiso del dí­a de mi onomástico, que transcurriera como el resto de los 364 dí­as del año, que el dí­a fuera de rutina, que dejaran que me dijese a mí­ mismo que este dí­a tení­a trascendencia porque conforme a mi educación y formación recordaba «el santo sacrificio de allá en la Concepción»; era mi deseo que el dí­a fuera como «una hojita de calcar» y así­ poder decir que la base de mi vida se encontraba «sin ninguna novedad».