En el desierto. Por el momento yo veo dos ventajas en esa difundida actividad de predicar en el desierto, y de la que San Juan Bautista fuera señero precursor aunque no descubridor. El primer provecho consiste en que no se cometerá el absurdo de darle perlas o margaritas a los cerdos; en otras palabras, se evita uno desperdiciar esfuerzos y, más importante aún, esperanzas. Y otra ventaja, no menos ventajosa, sería que siendo uno el único oyente, la prédica se convierte no en un monólogo sino en un diálogo íntimo, una nunca desmentida forma de intentar conocerse a sí mismo, propósito siempre vigente.
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Subida de humos. Es ley natural que materia tan volátil como el humo deba tender hacia arriba, a subir, a diluirse en las alturas. Nada de raro tiene entonces que cuando un individuo ha tenido una experiencia ardiente, una fogata interior, una chamusquina íntima, y su fuego haya quemado un poco a otros, el humo que despiden sus llamas se le suba hasta la parte más alta de su anatomía, hasta la cabeza. Una vez allí dicho gas, si no se le expulsa o se disipa -o por lo menos no se le da tanta importancia- puede llegar a saturar el cerebro, ahumándolo de tal manera que altera de forma radical la conducta del sujeto en cuestión, su apreciación sobre sí mismo y sus relaciones con los demás. Puede añadirse que una persona con el cerebro ahumado suele brindar un espectáculo frívolo del más vaporoso cuño.
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Ante una puerta. He visto a muchos, a muchos he visto llamar a una puerta. Llaman y se quedan a la espera en medio de una desconcertada vergí¼enza, con esa vaga sensación de que talvez estén al encuentro de algo inesperado y desconocido. Saben que tocar una puerta implica una cierta humillación, un cierto ruego, una súplica, un riesgo. Se sienten profanos ante lo prohibido, y en lo más íntimo no quieren que la puerta se abra porque perderán algo irrecuperable, y se quedan a la espera, hasta el momento final, sublime, en que huir o quedarse da lo mismo.
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Bohemia. La mejor sugerencia -que no definición ni fórmula- que conozco para una genuina, auténtica y además legítima bohemia es la todavía vigente de Ramón Gómez de la Serna: no pasar de la segunda copa y hacer votos de pobreza. Porque -probado lo tengo- más de dos copas es borrachera; y, por otra parte, cierto es que los ricos no podrán entrar al reino de la bohemia. Y yo añadiría un tercer elemento a los dos de don Ramón ser un tanto proclive a la discusión, a la confrontación más o menos apasionada de opiniones y criterios sobre tópicos diversos, con marcada preferencia por los que atañen al arte y a los meandros, sinuosidades y vericuetos del espíritu.
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Campano ilustrado. Después de dilatados y confidenciales años de nobilísimo servicio decidí, no sin cierto trasnochado sentimentalismo, otorgarle su merecida jubilación a mi veterano diccionario castellano enciclopédico Campano Ilustrado, Editorial Garnier, 1923. Pero jubilación no significa la compañía de trebejos, ni la librería de viejo ni mucho menos el fuego o el basurero. Mi viejito achacoso seguirá en su lugar, tranquilo, sin polvo y sin polilla, querido siempre. Y como a un antiguo maestro, de cuando en cuando le consultaré algún dato, le pediré un consejo, sin prisas, y brindaremos por mis dudas, su edad, sus páginas cansadas y dadivosas.