R E A L I D A R I O (DCXX)


En el desierto. Por el momento yo veo dos ventajas en esa difundida actividad de predicar en el desierto, y de la que San Juan Bautista fuera señero precursor aunque no descubridor. El primer provecho consiste en que no se cometerá el absurdo de darle perlas o margaritas a los cerdos; en otras palabras, se evita uno desperdiciar esfuerzos y, más importante aún, esperanzas. Y otra ventaja, no menos ventajosa, serí­a que siendo uno el único oyente, la prédica se convierte no en un monólogo sino en un diálogo í­ntimo, una nunca desmentida forma de intentar conocerse a sí­ mismo, propósito siempre vigente.

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René Leiva

Subida de humos. Es ley natural que materia tan volátil como el humo deba tender hacia arriba, a subir, a diluirse en las alturas. Nada de raro tiene entonces que cuando un individuo ha tenido una experiencia ardiente, una fogata interior, una chamusquina í­ntima, y su fuego haya quemado un poco a otros, el humo que despiden sus llamas se le suba hasta la parte más alta de su anatomí­a, hasta la cabeza. Una vez allí­ dicho gas, si no se le expulsa o se disipa -o por lo menos no se le da tanta importancia- puede llegar a saturar el cerebro, ahumándolo de tal manera que altera de forma radical la conducta del sujeto en cuestión, su apreciación sobre sí­ mismo y sus relaciones con los demás. Puede añadirse que una persona con el cerebro ahumado suele brindar un espectáculo frí­volo del más vaporoso cuño.

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Ante una puerta. He visto a muchos, a muchos he visto llamar a una puerta. Llaman y se quedan a la espera en medio de una desconcertada vergí¼enza, con esa vaga sensación de que talvez estén al encuentro de algo inesperado y desconocido. Saben que tocar una puerta implica una cierta humillación, un cierto ruego, una súplica, un riesgo. Se sienten profanos ante lo prohibido, y en lo más í­ntimo no quieren que la puerta se abra porque perderán algo irrecuperable, y se quedan a la espera, hasta el momento final, sublime, en que huir o quedarse da lo mismo.

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Bohemia. La mejor sugerencia -que no definición ni fórmula- que conozco para una genuina, auténtica y además legí­tima bohemia es la todaví­a vigente de Ramón Gómez de la Serna: no pasar de la segunda copa y hacer votos de pobreza. Porque -probado lo tengo- más de dos copas es borrachera; y, por otra parte, cierto es que los ricos no podrán entrar al reino de la bohemia. Y yo añadirí­a un tercer elemento a los dos de don Ramón ser un tanto proclive a la discusión, a la confrontación más o menos apasionada de opiniones y criterios sobre tópicos diversos, con marcada preferencia por los que atañen al arte y a los meandros, sinuosidades y vericuetos del espí­ritu.

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Campano ilustrado. Después de dilatados y confidenciales años de nobilí­simo servicio decidí­, no sin cierto trasnochado sentimentalismo, otorgarle su merecida jubilación a mi veterano diccionario castellano enciclopédico Campano Ilustrado, Editorial Garnier, 1923. Pero jubilación no significa la compañí­a de trebejos, ni la librerí­a de viejo ni mucho menos el fuego o el basurero. Mi viejito achacoso seguirá en su lugar, tranquilo, sin polvo y sin polilla, querido siempre. Y como a un antiguo maestro, de cuando en cuando le consultaré algún dato, le pediré un consejo, sin prisas, y brindaremos por mis dudas, su edad, sus páginas cansadas y dadivosas.