Hace 4 años, la Corte Internacional de Justicia (CIJ) de La Haya declaró que es «ilegal» el muro construido por Israel para separar a los palestinos en Cisjordania. Un obstáculo físico no detuvo el odio ni venció la resistencia del pueblo originario. En este caso se confirmó que no se ha aprendido de la historia. Durante el Mundial de Fútbol realizado en Argentina en 1978, la dictadura militar trató de distraer la atención de los graves problemas sociales con diversas escenografías. Una de estas fue la erección de un gran muro en la ciudad de Rosario para ocultar la miseria de Villa Las Flores. En República Dominicana ocurrió algo parecido con la muralla levantada para ocultarle al Papa la pobreza del pueblo.
El Muro de Berlín dividió a un pueblo a expensas de los intereses políticos y económicos de la Guerra Fría. Otra barrera similar separa a Corea del Norte y Corea del Sur, debido a la política de dominación de China.
Estados Unidos cercó su frontera sur para impedir el ingreso de los inmigrantes. Los defensores del «mundo libre» han sometido al pueblo cubano a un bloqueo, el más inmoral e injusto de los muros, mientras en la porción isleña de Guantánamo mantiene dos campos de concentración, con más de 600 detenidos sometidos a toda clase de vejámenes.
En Guatemala, los «indios» han sido marginados con murallas de desprecio. Para conservar sus culturas y valores, los pueblos originarios se refugiaron en una resistencia que no debería transformarse en un racismo de respuesta.
Pero, el peor de los muros es el que hemos construido en nuestro interior, cuando nos creemos dueños de la verdad. Es la barrera infame de sentirnos superiores, distintos o infalibles. Lamentablemente, no hemos aprendido a ser autocríticos y tratar de superar nuestras limitaciones y desinteligencias.
La barrera más disociadora, infamante y esclavizante es la que nos hemos impuesto al no querer reconocer que somos víctimas de nuestra propia crueldad, indiferencia y violencia. El desafío es no separarnos de la esperanza, en particular si aceptamos los misterios de lo sobrenatural. No dejaremos de lamentarnos por los males ajenos si no empezamos por el rescate de nosotros mismos.