La inflación interanual en Guatemala ha superado la cifra del 13 por ciento y se convierte en la más alta de los últimos catorce años, pero con la perspectiva de que pueda incrementarse en los próximos meses porque no hay ningún indicador de que la situación vaya a mejorar en el mediano o corto plazo. Estadísticamente la cifra es preocupante, pero socialmente lo es mucho más porque significa dos cosas concretas: más gente viviendo en condiciones de pobreza y, peor aún, más miseria para los pobres de nuestro país.
Creemos que el Gobierno de la República ha centrado todo su esfuerzo, loable por cierto, en atender a los municipios con peores condiciones económicas y mayor índice de pobreza mediante el programa de cohesión social. Eso significa que al menos una parte de los más pobres están recibiendo una atención que nunca antes tuvieron, pero el problema del resto de la población es muy grande y la capacidad de maniobra de las autoridades es mínima. Su único esfuerzo, el de los precios concertados, fracasó de forma tan estrepitosa como para que se produjera este incremento en la inflación que rebasa todas las metas y todas las previsiones.
Cierto es que no se trata de una inflación derivada de factores internos como el aumento de circulante, sino del aumento de valor de las materias primas y el impacto que ello tiene en los costos de producción locales. Pero aun entendiendo que se trata de un fenómeno de esta economía globalizada, debemos entender que nuestra miseria no es global sino local y tenemos que encararla a como dé lugar porque no hacerlo significa condenar a miles de personas a la inanición y a muchos más a cargar para toda la vida con los efectos de la malnutrición que son tanto físicos como mentales.
Siempre hemos dicho que los países con mejores sistemas de protección social pueden soportar mejor las crisis porque existen los mecanismos para paliar sus efectos. En Guatemala no hay ningún instrumento con tal fin, salvo el del programa de cohesión social recientemente implementado y aun sujeto, por lo tanto, a validación con la experiencia. El caso es que al aumentar el contingente de pobres y aumentar, al mismo tiempo, la dificultad de los pobres para cubrir siquiera la canasta básica, estamos frente a un drama humano de tremendas proporciones que obliga a los políticos a actuar. Colom hizo un programa de gobierno que no dimensionó esta crisis y ahora tienen que rehacer todo para tomar en cuenta las condiciones actuales. Urge que instruya a los técnicos para que ajusten el programa a la luz de la realidad actual.