Guatemala, paí­s esperpéntico, encomendero y aycinenista


Es suficiente con leer «La recordación florida», a los curas doctrineros como Bartolomé de las Casas , «El señor Presidente» , «La fruta amarga», «500 años de lucha por la tierra» (en Guatemala), «Las intimidades del proyecto polí­tico de los militares», «Guatemala insurrecta», «El recurso del miedo» (ensayo sobre el Estado y el terror en Guatemala), «Guatemala paí­s ocupado», «Proletarización del campesino en Guatemala», «Breve historia del movimiento sindical guatemalteco» (López Larrave), «La patria del criollo», «Guatemala, voces desde el silencio», y otros más de la misma temática, para darse cuenta que vive muy lejos de un territorio que algunos cí­nicos se atreven a llamar democrático y osan sostener que, a partir de 1985, comenzamos, de lleno, a sentir sus mieles y beneficios.

Mario Alberto Carrera

Si no le gusta leer, váyase a dar una vueltecita por las perdidas y casi inaccesibles aldeas y caserí­os del profundo Oriente u Occidente nacional. Observe como vive la gente y si aún son humanos del siglo XXI o fantasmas que deambulan con una tortilla tiesa que se llevan a la boca para medio matar la hambruna, observe sus covachas y mire sí­ van calzados o descalzos como si fueran esqueletos resucitados de la Edad Media. Y de escuelas ni hablemos en esos sitios perdidos porque todaví­a son una utopí­a más imposible que la de Platón, o sea «La República», pero si es haragán, sólo realice un su «tour» por los principales asentamientos de la flamante capital del ex reino de Guatemala y ya no necesitará leer los nueve cí­rculos del Infierno de la D.C. de Dante.

Esto siempre ha sido así­ (inmutable y esperpéntico) con los pequeños paréntesis de la Revolución del 44 y algunas cositas de la del 71, lo normal es que la mayorí­a de ciudadanos de este paí­s (ladinos pobres e indios í­dem) vivan en la parte del averno, del «Jardí­n de las delicias» del Bosco. Comiendo heces y durmiendo, perfumadamente, sobre ellos en olor de mierdidad.

Ahora bien, hay que hacer una salvedad. Guatemala es inmutable en todo lo que corresponde a desarrollo humano y económico de los pobres, que ya van siendo un 80% de los que habitan en este «dechado» de paí­s. Es decir, inmutable en todo lo que sea adelantar y acceder a la modernidad o Era Moderna. Pero, en cambio, para desinmutabilizarse e ir para atrás, se deja inerme. Empujada hacia el desbarrancadero por nuestra flamante oligarquí­a, Ejército y los EE.UU., que es la élite que viaja, come golosamente los manjares más raros, bebe vino y champagne francés y es la dueña y señora encomendera de nuestra patria. Este grupo es así­ de chiquito pero tiene las armas, todo el dinero, la información, las industrias y la tierra. Esto es, el poder, y por eso está empecinada, o amañando en el Congreso (Congreso de corrupción, enriquecimiento ilí­cito, clientelismo y quien sabe qué otras cosas más terribles que por temeroso no las escribo), (aunque debo reconocer que hay unos pocos diputados honrados y honestos); empecinados, digo, en que no sea aprobada una ley que permita el libre acceso a la información pública y pública privada. Y fuera del Congreso quien lleva la bandera de ese empecinamiento; con gran espí­ritu aycinenista, es ílvaro Arzú, quien sólo el demonio, acaso nos sabrí­a explicar, por qué regla de tres ha sido Presidente y alcalde en una tierra de dizque «mayas», cuya inmensa mayorí­a flota sobre un lago mal oliente lago de injusticias. ¿Pero existe la justicia en Guatemala? No. Aquí­ las cárceles están repletas pero de miserables. Como en Francia, cuando ésta querí­a y luchaba por entrar a la modernidad y derribó para conseguirlo, la Bastilla y guillotinó a la oligarquí­a.

Con semejante panorama diabólico frente a nuestros ojos (leí­do o experimentado) ¿adonde vas bello paí­s de orquí­deas, de quetzales y jades para el gusto y el placer de una «mí­crica» y obsoleta clase dominante?, ahora que se anuncia que el tonel de petróleo llegará, a finales de año al precio de $ 200 y los granos valdrán casi tanto como pepitas de oro. Ya no habrá hombres de maí­z, mi querido Asturias, sino hombres de Gasol o gasolina. Pero el espacio se acaba, y el adónde vas quedará para otro dí­a.