¿Cómo evitar la vida de la pobrerí­a en los lugares de alto riesgo de la urbe capitalina?


La imperiosa necesidad ha obligado a gente humilde, sumida en extremada pobreza, a vivir en cualquier tugurio construido al borde o de una vez en las peligrosas «fauces» de los barrancos que rodean la ciudad capital.

Marco Tulio Trejo Paiz

Como todos sabemos, en las últimas décadas la población ha crecido enormemente en la urbe capitalina. Se ha desbordado por todos lados, al punto que está como a tronar la situación. Los servicios que exigen los tiempos difí­ciles que estamos viviendo (de agua potable, salud, educación, energí­a eléctrica, teléfonos, transportes, etcétera) escasean más y más.

Es asaz penoso lo que ocurre en toda la periferia citadina. Las unidades de vivienda, formales y no formales, han proliferado desordenadamente, anárquicamente.

No sólo la pobreza y la temeridad de los humanos han provocado ese ensanchamiento citadino, sino también la tolerancia de los polí­ticos del partidismo que han ido y van a horcajadas de posiciones burocráticas con poder de decisión que, en su afán de conseguir adeptos para que les sirvan de escalera en las urnas electorales o sencillamente por temor a los bochinches, no han marcado alto al tremendo riesgo al que se ha expuesto la pobrerí­a.

Tiene similitud, en cuanto a la tolerancia de los señores que juegan a la polí­tica (o a la politiquerí­a), el caso de la 6ª. avenida y de otras importantes ví­as de la capital que se encuentran como exhibiendo harapos ante propios y extraños. Esa gente del desprestigiado partidismo se ha mostrado temerosa de adoptar las medidas que se requieren en el marco del urbanismo bien entendido, digno de este valle de lágrimas, «lagrimitas» y «lagrimotas»…

¿Cómo podrá evitarse la peligrosidad que entraña la vida de los humanos en los inhóspitos lugares de las «goteras» capitalinas de referencia? Eso constituye un serio problema. Muy serio problema, recalcamos.

Una acción judicial con intervención de los entes que constituyen la «fuerza bruta», pues? ¡podrí­a ser la solución!, pero serí­a una «solución» con todos los pecados de la injusticia; de lo que es negativo. Lo justo, lo positivo, serí­a buscar terrenos adecuados y comprarlos para dotar de viviendas decentes, seguras, a los millares y millares de personas indigentes, realmente indigentes, no de «largos» que, teniendo inmuebles en otros lugares, pueden apropiarse de lotes en los sitios virtualmente abióticos que, a lo mejor, jamás los ocuparán, sino más bien los explotarán mediante el arrendamiento.

Otra forma de afrontar la problemática que estamos enfocando serí­a la de crear condiciones de existencia digna, de carácter laboral, en el ambiente departamental. Con tal propósito, habrí­a que descentralizar todo lo que es producción, progreso efectivo en la vida activa del paí­s y de la población en general.

Una vez existan esas condiciones, las empresas industriales -incluidas las agroindustriales- y las comerciales encontrarí­an lo que exigen las circunstancias de la vida moderna y, de esa guisa, abundarí­an las oportunidades de trabajo y florecerí­a todo lo demás que necesita la gente entregada a la actividad productiva en beneficio propio y de su patria que en esta hora gris del mundo está deteniéndose en una serie de escollos.

En dictaduras tiránicas como las de cercanas y lejanas latitudes, para los sayones es fácil, muy fácil, trasladar hacia otros lugares, incluso antojadizamente, a los grupos de población que no son gratos o que ya no caben en los centros urbanos, y nadie alza la voz de protesta porque el orden de cosas establecido es como para pujar sólo para abajo con el yugo en la cerviz?

Es deseable y conveniente, pues, que las autoridades nacionales y municipales estudien a fondo, muy a fondo, la situación que especí­ficamente está planteada en cuanto a una vida, que no es vida, de tantos infortunados compatriotas que se encuentran sufriendo todo un ví­a crucis, ora con atingencia a peligrosidad macabra, ora a carencias de todo género que imposibilitan el bienestar en todos los aspectos.