í‰DGAR GUTIí‰RREZ
Centro de Estudios Estratégicos y de Seguridad para Centroamérica (CEESC)
Hubo momentos en que nos pasamos de tragos en la fiesta democrática. En consecuencia, ahora estamos en plena cruda. Viendo cómo nos la curamos. Por eso tenemos necesidad de volver a las fuentes para recuperar, renovando doctrinas e ideologías. Pero, insisto, no será igual. Las cosas han cambiado. Hay temas ineludibles que no son los más profundos ni fundamentales, pero para salir del arrinconamiento tendrán que ser los primeros en desbrozarse:
estado sociedad mercado
Y aquí es donde puede estar la semilla del nuevo contrato social, pero ya no convergiendo en el Estado sino en un espacio más amplio y compartido al que denominaremos el «espacio público», donde acuden y se identifican actores y se redefinen roles y responsabilidades.
Intuyo, en todo caso, que el tablero de la política no termina de colocarse y que la jugada se está redefiniendo constantemente. Así, cuando en los centros de poder se creyó que el mundo sería multipolar, fue proclamado el dominio unipolar. EE.UU. preparó desde el final del siglo xx (marcado por la caída del Muro de Berlín) los escenarios para enfrentar a mitad del siglo xxi, los desafíos de otras potencias -China, Unión Europea, India- pero los ataques del 11 de septiembre de 2001 le dijo a Washington la globalización también tiene para las superpotencias una zona oscura. Desde los sótanos del mundo llegó la asonada. Y repentinamente el tablero de la geopolítica cambió. Desde la condición de debilidad del que nada tiene qué perder y una opción es el suicidio, emergió la verdadera amenaza. Los enemigos teóricos, de pronto, estaban del mismo lado de la barda.
Francis Fukuyama, quien en 1989 proclamó el «fin de la historia», se corrigió después del 11/s y propuso que la tarea estratégica era construir Estados con instituciones fiables. Después alguno de los inspiradores del Consenso de Washington dijeron que había que reconocer que el Consenso cumplió con ordenar las cuentas de las economías, pero no tenía la respuesta a lo demás: pobreza, desigualdad, inseguridad etc. Hay que crear otros consensos.
Ahora sabemos que el tablero mundial del poder no es unidimensional. Tiene al menos tres dimensiones:
1. La militar, que en términos clásicos sí es unipolar. EE.UU. concentra el 50% del gasto militar global y es el poder dominante
2. La económica, que es multipolar. A EE.UU., la UE y Japón, ahora se suman China, India y quizá dentro de poco Brasil y Sudáfrica. Y, ojalá, que, antes de que concluya, este siglo xxi vea a Latinoamérica como poder emergente comunitario.
3. La de los asuntos trasnacionales, una dimensión todavía caótica. En ella convergen actores estatales y no estatales; exige cooperación multilateral. En su agenda están los temas del desarrollo, las vulnerabilidades, epidemias, la ecología, las identidades, lucha contra terrorismo y la xenofobia, las migraciones y el tratamiento de los Estados fallidos, entre otros.
Este es un entorno donde los centroamericanos somos actores. Tenemos que asumirnos geopolíticamente, pues no es otra nuestra condición en el globo. Estamos condenados a ser región y a integrarnos. Si no nos integramos nosotros soberanamente, otros vendrán -compulsiva y contradictoriamente- a integrarnos.
En resumen, me parece que los políticos tendremos mucho trabajo en los próximos años, que los desafíos serán complejos, de veras retadores. Quizá el trabajo estratégico tenga que ver con ayudar a recuperar los equilibrios de poder; quiero decir con ello, domesticar el capital, el capital de este capitalismo neo-salvaje (si me permiten la expresión). Pero para que podamos cumplir bien nuestra tarea debemos revalidar plenamente nuestra carta de ciudadanía.
í‰dgar Gutiérrez.