Se perdió la pasión


Sentados en uno de los banquillos azules del Mateo Flores. El niño recriminaba a su padre el porqué lo habí­a llevado a ver un partido de fútbol en donde su equipo perderí­a. Hubo momentos, claro en que la adrenalina se apoderó de los que se animaron a pagar su entrada para ver a sus jugadores. Pero, la escena del padre e hijo era el claro ejemplo de cómo la pasión ha mermado en las canchas guatemaltecas.

Eswin Quiñónez
eswinq@lahora.com.gt

La final del fútbol guatemalteco no tuvo mayores sorpresas. Sin embargo, hay algo que me ha llamado la atención en cada uno de los encuentros futbolí­sticos que me he permitido ver por la tevé. Se han limitado a enfocar los graderí­os, porque claro, y en el caso de la Gran Final, la presencia de la hinchada era sumamente preocupante.

El aficionado poco a poco ha perdido pasión por éste deporte en Guatemala. Y la culpa la tienen quienes han hecho de esta pasión, un negocio de millones provocando que el amor por la camiseta se haya perdido.

Alguien me contaba, que en los tiempos románticos del balompié, esos momentos cuando, incluso, se vio jugar al Real Madrid en la cancha guatemalteca, la gente gustosa pagaba su boleto sin mayor problema y compartí­an asiento con otro aficionado del equipo contrario.

Habí­a pasión. Cada lunes, una charla obligatoria era por la jornada de fin de semana en el campeonato. Hoy, pocos se interesan por cómo se desarrolla la Liga Mayor de futbol y los que aún mantienen el amor encendido, piensan dos veces antes de comprar un boleto.

Ya han quedado muy lejos esos dí­as en donde el fútbol era considerado un deporte, que tení­a un acompañamiento social, algo que abrió los ojos de los empresarios que hicieron de él un generador voluminoso de capital degenerándolo en una empresa más.

Antes se ganaban tí­tulos y eran celebrados. Llegaba una persona al estadio y salí­a a tomarse una copa ganaran o perdieran sus jugadores, no habí­an riñas ni turbas portadoras de marcas publicitarias. Hoy el juego se ha salido de las canchas, no sólo compiten por meter más goles, sino también por meter más marcas.

Ya para nadie es un secreto que el futbol deja jugosas regalí­as a ciertos grupos, que por ansias de afianzarse en el espacio contratan a jugadores, entrenadores y equipos completos pagándoles sumas de dinero que ofenden al paí­s.

Es realmente triste que siendo un paí­s tan pobre se tenga el futbol más caro. Hasta dónde se llegó. Se mató una afición y se prostituyó un deporte. No es extraño que ya no se llenen los estadios para ver los partidos de la Liga Nacional, ojalá que no terminen de sepultar ese gusto por el esférico que en otros momentos significó un pasatiempo en el que los hijos compartí­an con sus padres y no como sucedió el pasado domingo con esa anécdota que iniciaron estas lí­neas.