Medicina tradicional en Guatemala (II)


El libro Los saberes ilí­citos: ciencia médica y tradiciones terapéuticas entre los maya-K»iche», de Rosalba Piazza, adquiere especial importancia al examinar el marco teórico y acciones de la salud reproductiva, así­ como las ambigí¼edades de una visión occidentocéntrica (e históricamente equivocada). Esta afirmación, expuesta por el historiador Claudio Albertani, ubica como figura protagónica de la tradición médica mesoamericana a la comadrona tradicional.

Carlos Cáceres

En el caso del sistema Maya K»iche» -señala Piazza, quien actualmente prepara un estudio de los mártires de San Francisco Cajones (1700)- debe destacarse el término terapeuta como parte del vocabulario de diversas organizaciones indí­genas en Totonicapán, aunque deben aceptarse dificultades en su uso como la ambigí¼edad de palabras como consecuencia del problema de la traducción. Ellos, como grupo -aparte de sus nombres especí­ficos- son los Ajkun. Literalmente significa los que curan, o sea, los curanderos.

Una persona para ser curandera o terapeuta debe tener el don, el cual se manifiesta con enfermedades, sueños, y signos. La vocación, también se manifiesta por el signo calendárico, al indicar la aptitud o deber. La vocación es aceptada y desarrollada por medio de un recorrido personal. El «destino de curar» coloca el acto médico en un trasfondo religioso; pero quizás la palabra no sea adecuada: «yo dirí­a -expone la autora- que el acto médico se coloca en una cosmovisión que incluye la comunicación entre el cielo y la tierra».

Siendo un verdadero «sistema», la medicina K»iche» tiene especialistas: lyom o Ilonel se utiliza para referirse a la persona encargada de ver a la madre durante su embarazo y la atiende en el momento del parto. El relativo a lyom significa abuela. Ve crecer al niño que un dí­a ella recibió en el momento del nacimiento, conoce su vida, y muchas de ellas hasta lo ven casarse. Por esta razón, el niño debe respetarla. Su principal recurso terapéutico son las plantas, las cuales utiliza en los baños. Kunal Ak «alab (Cura niños). Es la persona encargada de atender a niños y niñas, aunque mayor parte de veces esta actividad está a cargo de la misma Ilonel. Ejerce su actividad con plantas y prácticas tradicionales especí­ficas para cada enfermedad. Ajkunanel (El que cura). En especial, se dirige a adultos. Orienta, recomienda, y aconseja, con el propósito de prevenir desequilibrios. Las plantas medicinales él o ella los elabora. Chapul b»aq (Agarra el hueso). Atiende tanto a niños como adultos. Se ocupa de las personas que tienen alguna lesión en huesos o músculos; cura con plantas que utiliza de manera externa. Ajq «ij (El del dí­a). Se encarga del cómputo del tiempo, manejo del calendario maya y orienta el destino de la persona; tiene el don de ejercer la autoridad para orientar con relación a cualquier problema de tipo personal, familiar o comunitario; de igual manera, mantiene la espiritualidad y cultura maya. Ha sido traducido -cuando salió de la clandestinidad por diversas represiones- con sacerdote maya. Pero es usual denominarlo guí­a espiritual.

Es necesario preguntarse, dice Rosalba Piazza: ¿Cómo la población conceptualiza a la enfermedad? Y, por lo tanto, ¿cómo trata de defenderse de ella y cómo trata de combatirla?, ¿qué tipo de sistema médico ha desarrollado esta sociedad durante el tiempo? Por esta ví­a se obtiene una respuesta indirecta a la pregunta sobre la eficacia terapéutica de este sistema, ya que su misma persistencia demuestra que, aun si en forma distinta de lo que supone la medicina académica, en su forma propia este sistema médico es eficaz, y responde a muchas de las necesidades de su población. Es un sistema funcional que se ha mantenido y, en la medida que la comunidad cambia, también lo hace su cuadro clí­nico.

«Es legí­timo preguntarse cómo pudo sobrevivir un sistema de creencias y prácticas tan articulado como el que describe Rosalí­a -apunta Claudio Albertani- y, en mi opinión, si bien la colonización desarticuló la sociedad prehispánica, también creó la necesidad de la defensa que con el correr de los siglos, se transformó en un reducto invencible, en donde se estrelló el colonizador, siempre amenazante y peligroso».

Utilizando distintas fuentes históricas y antropológicas, además de su experiencia directa de trabajo con varios ajq «ijab «, la autora bosqueja sus trasformaciones (en la comunidad pero aun más en el Paí­s), fruto de las polí­ticas identitarias de las organizaciones mayas de los años 90 y de los espacios de negociación favorecidos, aunque brevemente, por los Acuerdos de Paz que siguieron a la guerra de contrainsurgencia.

La medicina tradicional se considera, por algunos sectores de la sociedad guatemalteca, como inferior o con sospecha. El sistema de salud pública actuando -como se supone- en beneficio de su población, puede legí­timamente cuestionar las prácticas tradicionales, permitiendo, sin embargo, que también sus propias prácticas sean cuestionadas por los mismos beneficiarios y por los operadores de salud tradicional. «Entre éstos (beneficiarios y terapeutas tradicionales) existe -concluye Rosalí­a Piazza- una empatí­a y convergencia que los fenómenos de cambio de la modernización no han mermado. Por otro lado, la distancia que siempre, en cualquier sociedad, existe entre la medicina oficial (o sea formalmente definida y legalmente reconocida) y prácticas «heterodoxas», en una nación tan marcadamente multicultural como lo es Guatemala, se tiñe de elementos de discriminación y hasta de racismo».

La autora finaliza examinando las crí­ticas que la sociologí­a médica de los años 70 del siglo pasado ha dirigido el ambiguo estatuto cientí­fico de la medicina; Y lamenta, por otro lado -concluye Albertani- que dichas crí­ticas se hayan dirigido a la medicina como sistema de poder, dejando a un lado el aspecto, quizás más radical (e imprescindible) de las crí­ticas a la medicina como sistema de saber.