El fallido sueño americano


Muchos guatemaltecos en Estados Unidos de América viven dí­a a dí­a el fallido sueño americano. Muchos viven para trabajar, no trabajan para vivir. Laboran con identidad falsa, con la esperanza de enviar la remesa del mes para que la familia mejore su calidad de vida. La mayorí­a de los inmigrantes chapines ilegales en la Unión Americana viven en condiciones de extrema precariedad material y emocional. Grandes contingentes de guatemaltecos ilegales recién llegados conviven en casas que no reúnen condiciones de habitabilidad, que son susceptibles de ser desalojados dadas leyes vigentes que rigen la materia del arrendamiento de apartamentos. Basta ver inmigrantes en bloque en sótanos de casas y edificios de vivienda para deducir las condiciones de extremo hacinamiento en que «hacen la vida los inmigrantes».

Lic. Raúl Armando Búcaro

Otro contingente de guatemaltecos que no logran trabajos estables en una unidad productiva por carecer de documentación legal, ofrecen sus servicios en esquinas y parques como en Los íngeles o en Chicago, por citar dos grandes ciudades. Al final de la jornada, en la sede de un «Labor Day» les pagan en efectivo o cobran en un cajero automático, dando gracias a Dios por haber tenido trabajo temporal «un dí­a más». La comida «chatarra» será su dieta por muchos años y con ello el deterioro de su salud, por cierto el cocido familiar irá al baúl de los recuerdos.

La sana recreación es nula o escasa. Algunos – por sus hábitos negativos- se embriagan en cuadrilla los fines de semana y feriados ya sea por placer o por evasión con la alta probabilidad de cometer crí­menes o feloní­as que les puede costar la inmediata expulsión ordenada por un juez de Inmigración. Es penoso mencionarlo, pero muchos compatriotas ilegales no salen por muchos años del circuito casa-centro trabajo y viceversa, para no ser detectados por las autoridades de inmigración que los persigue como a «fugitivos». Los destinos turí­sticos y lugares «normales» quedan reservados para los ciudadanos americanos de origen o naturalizados. El otro precio a pagar es la desintegración de la familia producto de la separación fí­sica del padre o de la madre o ambos, quedando la prole en poder de los abuelos quienes por diferencias generacionales no podrán desempeñar el rol emergente a cabalidad pese a buenos deseos. La otra consecuencia negativa es dada por las uniones libres que viven los inmigrantes ilegales que terminan con la añorada reunificación familiar. Entonces, resulte muy elevado el costo familiar a pagar, todo por ganar en «dólares» y quizá tener la mejor casa del barrio o la cuadra. Después del 9/11 de 2001, las condiciones de vida y trabajo para el inmigrante ilegal en Estados Unidos de América son extremadamente exigentes en aplicación de la Ley Patriota y por razones de «seguridad nacional». Recientemente el presidente ílvaro Colom Caballeros trató el tema con su homólogo Bush con la intención de suspender las redadas de guatemaltecos ilegales y de que se respeten los derechos fundamentales que le son inherentes a todo inmigrante.

Entre tanto, corresponderá a la nueva administración retomar la iniciativa de ley de reforma migratoria integral que haga positivos los derechos humanos de los ilegales. El servicio consular deberá proteger a los compatriotas en acatamiento a la Convención de Viena sobre Relaciones Consulares, de la cual Guatemala es parte.