Cuando se repasa el pasado y se revisa lo vivido no queda sino el deseo de retroceder el tiempo y reescribir la historia. La memoria en muchas ocasiones es un archivo útil, pero también mortificante. Ella es la responsable que anhelemos viejas experiencias y nos atenace el dolor por lo que no hicimos y quizá no debimos privarnos. Ahora con un año más de vida vuelvo la mirada al pasado y evoco cosas, sin duda incorregibles.
Me duele, por ejemplo, no haber declarado mi amor al primer amor de mi vida. Ella era de quince años y yo de catorce. Verla pasar me agitaba el corazón (como nunca más volví a sentir) y provocaba en mí los mejores deseos -como nunca tampoco volví a sentir-. La adoraba, pero nunca fui capaz de decírselo. Me molesta porque quizá hubiera empezado con pie derecho mi historia sentimental, pero esa falta de valor me ha marcado hasta hoy.
Haberme separado muy joven de mis padres también es algo que corregiría si retrocediera el tiempo. No pude vivir con ellos en mi adolescencia, no supieron de mis crisis y nunca pude presumir con ellos mis escasos éxitos juveniles. La revolución sandinista marcó el final de mi idílica vida familiar. Regresé a mi casa (luego de vivir en el extranjero, casi en el exilio) ocho años después y mi familia ya no era la misma. Mis padres estaban separados y yo ya era otro espécimen. Eso es, sin embargo, otra de las cosas que no puedo cambiar.
Si estuviera en mí la fuerza de modificar la historia, borraría las páginas escritas por Somoza y Ortega. Quizá eso me hubiera permitido una infancia más tranquila y «normal». Viví la famosa «ofensiva final» sandinista bajo la cama. En Rivas, la ciudad fronteriza con Costa Rica, estuvimos bajo bombardeo por varias semanas. Salimos de casa, aún lo recuerdo, bajo balas y bombas de aviones, rumbo a la Cruz Roja y luego a otro lugar más seguro. Este capítulo lo cancelaría de buen gusto porque la guerra, aunque usted lo dude, marca y deja traumas.
En fin, esta no es una confesión, pero comparto con usted cosas que con agrado modificaría del pasado. Algo me dice que me habría gustado ser más pagano y menos religioso. Sospecho que anhelo aquello que perdí por abrazar un estilo de vida del cual estaba convencido. Vivir de ideales es bonito, pero también es una experiencia privativa (al final uno termina pagando el costo). La verdad es que uno quisiera tener todos los bienes a la vez, pero eso casi imposible.
Claro, me arrepiento de muchas cosas. Yo tendría que haber sido más rebelde y contestatario. Debí haberme ido a Cuba (a la Isla de la Juventud) como me habían ofrecido los sandinistas, pero no tuve valor. Ahora sería distinto, quizá ni sintiera nostalgia de nada. Quizá fuera un ateo militante, como se debe, y no sintiera sentimientos de culpa de nada. Quizá hasta fuera un tipo más interesante, pero, es poco lo que puedo hacer ahora.
La memoria a veces es inútil y sirve también para mortificar. Uno debería renunciar a la nostalgia y vivir el presente, pero, algo me dice que añorar es parte de la existencia. A mí me encanta pensar que puedo cambiar el pasado, sueño, fantaseo y me refugio en lo que pudo ser. A veces me despierta el llanto de mi hijo y, entonces, me acuerdo que lo único que tengo es el hoy (que al final, y después de todo, no es tan malo).