Cuarenta años


Si la suerte no me es adversa, mañana estaré cumpliendo cuarenta años. Dejaré de lado el perí­odo más o menos juvenil para ingresar a una época presumiblemente de decadencia. La época en donde todo decae: el sentido del humor, la potencia sexual y el ánimo de vivir.

Eduardo Blandón

Los signos visibles del deterioro existencial empiezan a hacerse evidentes y el trato de las jovencitas cada vez hiere más el amor propio. Es una pena, por ejemplo, que las chicas ya no lo miren a uno como ocasión de pecado, que los hijos le digan a uno viejo y que la esposa crea estar frente a un condenado a la fidelidad perpetua por falta de oportunidades. Es terrible, pero creo que por ese perí­odo pasamos un poco todos.

Es cierto que hay mucha experiencia acumulada, que la madurez empieza a pintar un mundo cada vez más atractivo y que cada segundo se vive con una intensidad sin igual. Es cierto que finalmente uno se desembaraza de la obsesión del sexo y que se alcanza la comprensión de que el mundo va más allá de los coitos ocasionales y frecuentes (cuando Dios lo bendice a uno). Todo es cierto. Pero, es detestable perder la vitalidad.

Es detestable comenzar a tomar medicina para el corazón, cuidar el colesterol y ver crecer la grasa abdominal. Es horrible comenzar a decir que no a las mujeres que generosamente -cuando se tiene suerte- lo invitan a uno a salir. Es vergonzoso recurrir a estrategias de viejos para terminar una relación sexual. Da pena ir a la farmacia y comprar estimulantes para cumplir con cada jornada erótica. Claro, lo que queda es conversar, hacerse interesante inventando historias y acumular mucho dinero para compensar las debilidades fí­sicas.

Evidentemente, cumplir cuarenta años no es el fin del mundo, pero si uno se pone trágico encontrarí­a motivos para sentirse deprimido. A esta edad lo que queda es volverse trabajólico para olvidar que las fuerzas se pierden y uno se acerca cada vez más a la tumba. Trabajar a los cuarenta años es la medicina para tanto mal que se avecina. Peor aún si se es pobre y no se tiene recursos para ocultar la decadencia.

Envejecer en estos paí­ses no serí­a tan grave si no es porque vivimos en un continente de jóvenes. Estas son sociedades que sobrevaloran la mocedad y se olvidan o son indiferentes con los «jóvenes mayores». Con muchos años acumulados usted ya no tiene derecho a becas, ya no califica para emigrar a otros paí­ses ni puede encontrar muchas ofertas de trabajo. Después de los cuarenta años empiece a volverse creyente que necesitará mucho del invento de Dios.

A los cuarenta años ya no se le buscará por lo que es, sino por lo que tiene. Las chicas no verán ya su belleza fí­sica, ni su talento intelectual, sino la ventaja material que posea. Si tiene dinero, déle gracias a Dios, si es un pobre diablo, quéjese con í‰l. Nada más despreciable (digo, en nuestra sociedad) que un viejo sin dinero.

Afortunadamente, quizá todaví­a a los cuarenta años, se pueda empezar a acumular oro. Todaví­a es tiempo. Debemos buscar la belleza que nos haga nuevos e interesantes frente a los demás. A estas estupideces intelectuales se puede llegar a los cuarenta años.