La gira de George W. Bush por Oriente Medio puede ser la última antes del fin de su mandato en 2009 y la ocasión para hacer un balance en esta región, donde su política exterior fue muy controvertida.
Su paso de tres días por Israel, seguido de una visita a Riad y luego a Egipto, podría servirle para reflexionar sobre la situación en esta parte del mundo ahora que se acerca el momento de abandonar la Casa Blanca a fines de enero.
Incluso si es difícil concebir que Bush no regresará al menos una cuarta vez a Irak, su estadía en Oriente Medio sería por ahora la última en esta región si se revisa el programa conocido de sus desplazamientos.
Al establecer un registro irónico de «logros» de la diplomacia de Bush, el experto Anthony Cordesman enumera: la guerra en Líbano en 2006, la toma de control de la franja de Gaza por el movimiento islamista Hamas, el refuerzo de la potencia iraní, el impacto de la guerra en Irak y «una buena dosis de frustración en el mundo árabe».
«Esa es una herencia que nadie podrá cambiar. Es la herencia que recibirá el (próximo) presidente», agregó este especialista de las correlaciones de fuerza en la región.
A lo que los detractores de Bush agregarían la enemistad creciente de una gran parte de los musulmanes, la pérdida de influencia de Estados Unidos, un compromiso tardío en el esfuerzo de paz entre israelíes y palestinos, las consecuencias del rechazo a hablar con Irán o Siria y el poco progreso democrático entre los aliados saudí o egipcio.
El consejero de Bush para la seguridad nacional, Stephen Hadley, tuvo incluso esta semana que salir al paso de las críticas que señalan que la seguridad del gran aliado israelí esté en peor situación ahora que hace años.
Bush justifica sus políticas agresivas, inscritas en una «agenda para la libertad», al afirmar que el statu quo es intolerable en Oriente Medio.
Este mandatario, cuya presidencia fue marcada por los atentados del 11 de septiembre y la guerra de Irak, describe a Oriente Medio como el primer frente de un «combate ideológico» entre la «democracia» y la «tiranía», la moderación y el extremismo.
«La decisión de sacar a Saddam Hussein fue buena al comienzo de mi presidencia (…) y será para siempre una buena decisión», defiende.
Respecto al conflicto israelo-palestino, Bush destaca que fue el primer presidente en llamar a la creación de un Estado palestino y dice que espera un acuerdo de paz antes de fin de año. Eso podría representar un último éxito diplomático. Pero los expertos dudan fuertemente de que eso ocurra.
Según ellos, todo el mundo mira más allá de la presidencia de Bush, porque él ya no tiene ni tiempo o poder suficiente o porque esperan la llegada de un presidente con mejor disposición.
Los precandidatos demócratas a la presidencia prometen una baja en el compromiso en Irak y el debate es intenso sobre si es necesario o no hablar con Irán y Siria.
Por ejemplo, Daniel Kurtzer, ex embajador estadounidense en Egipto y en Israel, es favorable a ello.
Según él Irak e Irán serán las primeras prioridades del próximo presidente en Oriente Medio. Pero la región tiene necesidad de saber que la paz entre israelíes y palestinos es una «prioridad presidencial» estadounidense, agregó.
Otro ex embajador en Israel, Martin Indyk, considera que Bush debe renunciar a la búsqueda del «Santo Grial», o sea a un acuerdo de paz «totalmente irrealista» entre israelíes y palestinos y dejar a su sucesor un «proceso de paz en buena marcha para que el próximo presidente (…) lo lleve a buen término».
Esa es precisamente la preocupación de la administración estadounidense en lo que respecta Irak, por lo que negocia en la actualidad una asociación estratégica a largo plazo con el gobierno iraquí.
Sobre la posteridad, Bush dijo será a la Historia de juzgar.
«Lo que pido es que cuando la Historia haya sido escrita definitivamente, se juzgue si yo contribuí o no a la paz», dijo el lunes a la televisión egipcia.