Buonarotti (I de II)


Con ocasión del Suplemento Cultural de La Hora del sábado anterior conmemorando los 500 años de que Miguel íngel comenzara a pintar los frescos de la Capilla Sixtina, comparto algunos comentarios sobre la vida del genio italiano.

Luis Fernández Molina

1. Miguel íngel perdió a su madre cuando apenas tení­a 5 años de edad. Por eso siempre tuvo «la añoranza por la madre que sus ojos de niño dejaron de ver antes de tiempo». Esa añoranza, como permanente sombra inspira y se manifiesta en toda la obra del artista. Por ejemplo, nunca representó a Cristo sin que le acompañara la Madre, mís aun en esas obras la Virgen no mira directamente a su Hijo salvo en las representaciones de La Piedad (que fueron varias) en las que Marí­a sí­ contempla a su hijo pero ya fallecido, como mensaje encubierto que la madre del artista lo habrí­a de contemplar hasta después de muerto.

2. Tampoco fue padre Miguel íngel. Nunca se casó y aunque se tiene conocimiento de algún intercambio epistolar con un par de damas no se le conoció un romance formal. Algunos historiadores sugieren que fue homosexual. Ciertas cartas a amigos pudieran parecer incómodas a los cánones modernos, sugerentes de una relación de aquel tipo. Sin embargo en su época no se manifestó una crí­tica o señalamiento concreto por esa supuesta inclinación. No fue fí­sicamente agraciado, era enjuto, flaco y en el rostro destacaba el quiebre de su nariz producto de un puñetazo que a los 12 años le dio un envidioso compañero de la escuela de arte mucho mayor que él. Por eso la ironí­a que el hombre que amó la belleza humana y supo reproducirla como nadie no se consideraba bello ni lo era.

3. Se ha dicho que fue un hombre huraño, hosco, distante. No es del todo cierto. Lo que sucede es que los pasajes más conocidos de su biografí­a son las constantes discusiones que sostení­a con el Papa Julio II, un hombre de carácter terrible. Miguel íngel era austero, simple, rústico; también era como se dirí­a hoy dí­a «francote», sincero. Viví­a ensimismado en su arte pero gustaba de veladas acompañadas de vino y conversación con sus pocos amigos y otros artistas.

4. Su primer mecenas fue por un tiempo como su segundo padre: Lorenzo el Magní­fico. Vivió en su palacio cuando era un adolescente y se dice que se enamoró, platónicamente, de una de sus hijas. Allí­ aprendió del arte así­ como del complejo mundo de los polí­ticos y los poderosos con quienes habrí­a de tratar a lo largo de su vida. Lorenzo de Medicis era el paradigma de la lí­nea conservadora y autoritaria; a pesar del aprecio a su primer protector, Miguel íngel habrí­a de rebelarse contra la polí­tica medicea y fue reconocido su apoyo a las causas populares, algo que, en términos de hoy se identificarí­a como un liberal o de corte socialista.

5. Conoció a muchos personajes de su época. Escuchó varios de los encendidos discursos de Savonarola, el Profeta Inerme, que despotricaba contra todo el corrupto sistema (especialmente contra El Magní­fico). Acudió a unos cursos que en Roma dio Copérnico. Vio a Carlos V cuando en 1536 llegó a Roma. Habló con San Ignacio de Loyola cuando éste empezó a construir en Roma y también con San Carlos de Borromeo. Habló con Nicolás Maquiavelo. Además fue convocado por todos los Papas, casi todos ellos le encargaron, y algunos hasta le rogaron por la ejecución de obras. También trató a los gobernantes de Roma, de la Ilustrí­sima, a los Duxes de Venecia, y claro conoció a los principales artistas de la galaxia que iluminó el Renacimiento.

6. Tuvo algunos tratos esporádicos con Leonardo da Vinci con quien nunca se llevó bien; en términos actuales «no se caí­an bien», tuvieron algunas discusiones y rivalizaron en unos pocos proyectos, hasta disputaron la adjudicación de un bloque de mármol blanco que finalmente la ciudad de Florencia adjudicó a Miguel íngel y en el cual esculpió «el Gigante». Cuando se conocieron uno era un sofisticado y reconocido artista que a sus 43 años, estaba en la cúspide de su fama, el otro era un joven artista 23 años menor, tosco y simplista, del que ya se empezaba a hablar sobre todo después de que deslumbró con su primera obra maestra: La Piedad.

(Continúa).