Hacerse escuchar


Las manifestaciones han sido la manera, más o menos democrática, que tiene la población para plasmar su inconformidad. Efectiva o no. Al final de cuentas, se constituyen en la catarsis colectiva ante la opresión de un sistema, que si de algo carece es de justicia.

Eswin Quiñónez
eswinq@lahora.com.gt

Se ha demostrado -o al menos, así­ se encuentra en los periódicos- que las ví­as del diálogo no han solucionado mayores cosas en el paí­s. La estrategia de disolver las revueltas populares con las llamadas mesas de negociación han quedado únicamente en eso: meras intenciones de soluciones compartidas.

Así­, las ví­as de hacer valer el sentimiento de descontento, añejado con el desconsuelo, se reducen a salir a las calles, aunque eso conlleve lastimar el derecho de locomoción de los demás guatemaltecos que padecen la crisis con grados más o menos tolerables. Pero de eso se trata la protesta, generar molestia para hacerse escuchar.

A todo esto, y lo digo a propósito de la disolución de la protesta en Fraijanes utilizando la fuerza con olor a gas lacrimógeno, es que una administración pública que a cada momento hace alarde de su polí­tica de izquierda, no debe olvidar que uno de los principios básicos de esa orientación ideológica es la reivindicación de la clase trabajadora: los pobres, para ser más puntuales.

Es cierto, que fue impuesto por quince dí­as un Estado de Prevención en el que se restringí­a el derecho a la manifestación, también es cierto que es la única forma de hacerse escuchar en contra de los abusos que se cometen al incrementar, sin respaldo legal, el valor de un servicio. Si no, basta ver que se logró que se retrocediera en el incremento de Q1.50 que pretendí­an.

Poco se ha hecho para reducir las desigualdades en el paí­s. Los partidos que han hecho fila en los escenarios de derechas y gobernado a quienes se deben, no han sabido sacar al paí­s de esas miserables listas de subdesarrollo, aunque sus números, cifras y estadí­sticas digan lo contrario.

Nomás bastaba observar las imágenes recientes de la televisión, y de ese modo ver que los «violentos manifestantes» a quienes la Policí­a reprendió con lujo de intolerancia, el único pecado que cometieron fue ignorar el Estado de Prevención, pero ¿Y qué otra? O era eso o pagar lo que les habí­an impuesto los transportistas. Las opciones eran mí­nimas.

Los efectos de la desaceleración económica y el disparado precio del petróleo evidentemente lastiman a los paí­ses como el nuestro, y es pertinente encontrar los acuerdos con las minorí­as que tienen a su poder la estructura económica y que gozan del privilegio de imponer precios para no reducir su margen de ganancia.

Por tal razón, la reconstrucción del Estado fortaleciendo sus instituciones limpias de corrupción, y colocándole una armadura democrática, igualitaria, pero sobre todo justiciera, permitirá establecer el rumbo hacia el bienestar social, estableciendo escenarios de respeto a los derechos fundamentales de los guatemaltecos.

Reducir las desigualdades y las injusticias, no obligará al desposeí­do a utilizar el único recurso de manifestación a su alcance: las protestas callejeras, como un grito de desesperación.