Canasta básica inalcanzable


Decirlo es poco, sentirlo en carne propia es una realidad. Tal es la situación amarga como hiel que afecta a la población, con las excepciones de siempre. A poca, muy poca distancia de que se toque fondo, en un momento a nivel de crisis total, ante la consiguiente conmoción general.

Juan de Dios Rojas
jddrojas@yahoo.com

Tan desesperante estado de cosas limita al máximo la capacidad de compra respecto a una mayorí­a de compatriotas, hundidos en la pobreza extrema. A duras penas adquieren dos, tres productos, ni siquiera el número de 26 que registra en sus investigaciones el Instituto Nacional de Estadí­stica (INE) a tí­tulo de menor dato.

Todo debido a las alzas groseras de los precios, que en ese sentido baten récord histórico nacional. Mismas con el calificativo que apunta a cederle el campo libre a la temible e indeseable hambruna, ubicada ya en las puertas del entorno, con mucha más fuerza en el área rural. Ante la actitud impotente de quienes están llamados a ponerle un hasta aquí­.

Un somero análisis sobre la candente situación fuera de serie derivada de los descomunales precios del petróleo, refleja de inmediato una dualidad. La medida de aplicar precios topes encuentra rechazo de la cúpula económica. Por el contrario, dejar entonces que sea el propio mercado que mediante la competencia lo define atosiga más.

En un auténtico callejón sin salida es la radiografí­a actual del problema que agobia tremendamente. La canasta básica disparada hasta decir ya no, representa con el brazo fuerte de la especulación que se cierne sobre las cabezas, el mayor golpe a los bolsillos exhaustos de suyo. Abarca por igual productos, bienes y servicios.

El hecho real de que la canasta básica viene a ser inalcanzable, obliga a una consecuencia ingrata, la desnutrición que campea en el sector más vulnerable, como es la niñez. Ejemplos sencillos constituyen las carestí­as del pan y la tortilla, base fundamental de la dieta popular, ahora también afectada en grado sumo.

Desde hace tiempo la pobreza y pobreza extrema van de la mano, en tanto mayor número de sectores sociales pasan momentos del todo difí­ciles. En estos momentos crí­ticos hay angustia, crisis sin precedentes y la infaltable desesperación colectiva. No existe nada comparable al caso plural del estómago vací­o.

Así­ las cosas se exige la intervención inmediata del Gobierno central, antes que este penoso caso reviente. Aplicar medidas pertinentes como soluciones prácticas conviene sin tantas cavilaciones que sólo complican más y más. Es urgente y necesaria la revaluación del quetzal, como un paliativo.

Pero que no sea al final de cuentas vestir un santo para desvestir otro. Tocante a los granos básicos hay que ser cuidadosos, ahora que los mismos tienen uso energético, en sustitución de los derivados del petróleo. Ejercer controles rí­gidos destinados a evitar el acaparamiento sin misericordia, que es el tiro de gracia.

Un aumento al salario hoy más que nunca es imprescindible. A los jefes de hogar también les resulta imposible ya salir a flote, en medio de tan dura e insostenible situación. Por más malabarismos hechos por las amas de casa, en realidad tampoco vemos que no tiene de donde dar más la chamarra.

Los guatemaltecos, sobre todo de limitados recursos económicos, se encuentran en el filo de la navaja. Ven el panorama sombrí­o, ajeno a cambios cortoplacistas. Tampoco ven la luz al final del túnel extendido sobremanera. Qué difí­cil es entonces poner al mal tiempo, buena cara.