La familia de Alí­


¿Cuántos son? Difí­cil poder ni siquiera calcular un número. ¡Son tantos! Sin embargo, de lo único que estamos seguros es que parecen una familia de cuaches elevados a la n. Con las mismas caracterí­sticas. Con idénticas facciones. Con formas, maneras y hábitos que pareciera que hubiesen sido fabricados de un solo molde. Un molde que el pueblo lo identifica con una clarí­sima expresión. No importa cuáles sean sus diferencias exteriores. No importa su calificación académica. Profesionales o no. Con brillante currí­culo o sin él. Nacidos en la capital o en cualquier parte de la República.

Carlos E. Wer

¿Cómo puede ser entonces que con tantas diferencias sean idénticos? ¡He aquí­ la cuestión! A pesar de todas esas diferencias, basta que reciban una certificación, un documento en el que conste que han ganado una curul, o que hayan sido nombrados a una posición en el gobierno de turno, para que, como tocados por una varita mágica les uniforme. Y no importa que tan alto esté en la escala de la importancia polí­tica. Cada quién, con una habilidad digna de mejor causa sabrá ubicarse de tal forma que su posición le permita sacarle mayor raja a la oportunidad. Y tirio y troyanos adquieren el mismo olfato. La misma agresividad para emprender empresas. La misma habilidad para encontrar las fórmulas de acceso a privilegios, viajes, contactos importantes que les acercan al fabuloso dorado.

Y de pronto, se convierten, con ese fino olfato que le proporciona la larga tradición familiar, en expertos que localizan en cualquier lugar, los medios como vender por pedazos la tierra que les viera nacer. Y convierten su territorio en un «arbolito de navidad» en la que los foquitos de colores identifican el lugar del cual extraerán de su seno las riquezas que pertenecen a todos los guatemaltecos. Y como Judas, gastarán alegremente las treinta monedas que su traición les ha proporcionado. Y contentos se codearán con aquellos que durante más de quinientos años han repetido hasta el cansancio la fórmula de cómo explotarlo con absoluta impunidad.

Sin embargo, los tiempos cambian, y hoy, cuando apenas empieza a visualizarse la punta de un inmenso iceberg; cuando apenas empiezan a sentirse los efectos de una crisis, que inducida, amenaza a todos, aquellos que por cientos de años han debido sufrir la presencia de esta enorme familia, mejor preparados para hacerle frente a pesar de su pobreza. Crisis que golpeará especialmente a una clase media, que en su iluso sueño de ascenso social han sido partí­cipes, con o sin conocimiento, de la marginación de la mayor parte de la población, que la ha soportado estoicamente.

Y quizá esa circunstancia repetida en el pensamiento de que las tragedias y el dolor acercan a las personas, pudiera lograr lo que no se ha podido lograr desde la madrugada de un 20 de octubre del lejano 1944. Quizá esa negra nube que presagia tormenta, pueda permitir el que, si esa crisis no se prolonga y se profundiza por la ceguera y la mala leche de quienes han destruido el globo y en su torpe terquedad lo empujan al abismo de la confrontación y la guerra, podrí­a hacer posible la construcción de una nueva sociedad.

Hasta hoy, pareciera que la mayorí­a de los guatemaltecos sintiéramos y entendiéramos de que tenemos un problema en la constante alza en el precio de los alimentos, pero no alcanzamos a dimensionar las verdaderas consecuencias de una crisis, que según Jaques Diouf el Director de la FAO, señala, abrirá la posibilidad de que sean de uno a dos mil MILLONES de personas las que puedan sucumbir a la infamia de quienes han impulsado polí­ticas económicas que «globalizadotas», pretenden la eliminación de seres humanos para mantener los privilegios obtenidos de la explotación. Pareciera ser que no comprendiéramos que el alcance nacional de esa tragedia mundial, también golpearí­a severamente a la población más débil.

Rajat Nag Director General del Banco de Desarrollo Asiático confirma lo expresado por Diouf y por Jean Ziegler de la ONU, quien habla de un «genocidio alimentario».

Que las consecuencias de las acciones de los miembros de esa familia de ladrones, herederos de Alí­ Babá, toman al paí­s y a su sociedad desarmados ante el ciclón. Que las polí­ticas que les han granjeado bienestar y estatus, se revierten al haber sembrado la destrucción del sistema agrí­cola que debió de haber sido protegido y preservado. Solamente la ambición de quienes han vivido de la agroexportación, han impulsado a la siembra de alimento barato para otros paí­ses mientras el nuestro se ha mantenido pobre. Quienes han levantado la mano para apoyar leyes que mantienen ese aro de fuego sobre la población, podrán darse cuenta, demasiado tarde, cómo su estupidez y mala fe ha llevado el paí­s al despeñadero. Quienes por cobardes, por ignorantes o por arrastrados a los intereses de los Estados Unidos ayudaron a aprobar el DR-CAFTA serán recordados toda la vida como representantes distinguidos de la familia.

¡Solo el pueblo salva al pueblo! reza la consigna gritada alrededor del mundo por los desposeí­dos. ¡Ojalá que nuestro pueblo pueda unirse para enfrentar la tormenta!