Lo ocurrido la semana pasada en nuestro país se avizoraba por todo ciudadano que con dos dedos de frente lamentaba apreciar la parsimonia, indiferencia y hasta irresponsabilidad con que nuestros funcionarios trataban uno de tantos problemas que los transportistas con vehículos pesados han venido padeciendo. No son unos cuantos choferes, es un sector muy importante en nuestra economía, como en cualquier parte del mundo. Minimizar su importancia, así como menospreciar el número de personas que patentizaron su descontento, obstaculizando el libre flujo de vehículos en nuestras carreteras, es otra demostración de la miopía con que se ven nuestras carencias y necesidades.
Gracias a Dios que las cosas no llegaron a más, sin embargo, me cuento entre los ciudadanos que todavía tenemos la sensibilidad suficiente para percatarnos de las incomodidades, penas y dificultades que tuvieron que pasar empresarios y trabajadores para cumplir con sus responsabilidades. Ahora se dice cómoda y tranquilamente que las pérdidas fueron millonarias, ¿pero cuál de todos los funcionarios del gobierno central y municipal padeció la angustia porque su vehículo se quedara sin combustible en horas de la noche, corriendo los riesgos por todos conocidos?, ¿cuántos tuvieron que pagar los antojadizos precios de un pasaje en las chatarras del transporte urbano o en los diminutos taxis rotativos con una capacidad máxima de cuatro pasajeros, pero que la necesidad permitía que cupiera el doble?
Desde las poltronas de los palacios y casas de gobierno es muy cómodo decir a los medios de comunicación que se han visto en la necesidad de declarar el Estado de Prevención, pero ¿por qué esperaron hasta el último momento para tomar esta decisión, en vez de haberlo hecho de inmediato al tener conocimiento de las medidas de hecho?, ¿es que la misma situación del conflicto no se había vivido antes también con amargas consecuencias? Claro, como buenos chapines que somos, nos reímos de nuestras desgracias, hacemos chiste de tanto problema que nos agobia, pero eso no significa que la incapacidad de gobernar no siga haciendo mella en el progreso y desarrollo de Guatemala.
¿Qué va a pasar de seguir tomando medidas a última hora sin sentarse a analizar, discutir y tomar las decisiones adecuadas con suficiente anticipación, planificación, como tomando en cuenta ventajas y desventajas de cada una de ellas? Concretamente pregunto, ¿irá a seguir durmiendo el llamado periférico departamental en las gavetas de tantos burócratas que abundan por doquier?, ¿se va a continuar con la misma postura arrogante hasta no discutir con amplitud la solución de los problemas que afectan a la población? El listado de carencias y necesidades de la población no sólo es muy grande, sino son de mucho peso para seguir dejando en manos de los voceros de las dependencias públicas los sobados argumentos como que no han recibido notificación alguna, que no están enterados del problema, que se está estudiando o que se tomarán medidas llegada la oportunidad.
¿Es que vamos a seguir esperando tranquilamente hasta que la población reviente, para resolver vitales problemas y no una minoría calificada de inconformes o bochincheros, la que protesta porque el transporte urbano de la ciudad capital de Guatemala siga siendo el peor del mundo?; ¿que la basura cause dolores de cabeza a propios y extraños?; ¿que el tonel de agua potable llegue a costar el doble de lo que se le paga a las municipalidades por metros cúbicos? y que ¿lleguemos a necesitar en nuestras atiborradas calles hasta un mediodía completo para estar puntuales en nuestro trabajo?, ¿vamos a tener que seguir esperando «hasta que San Juan baje el dedo» para que lo que se tenga que hacer se haga oportunamente?, ¿entonces, para qué jocotes vamos a seguir teniendo elecciones cada cuatro años?