La decisión de la Marina estadounidense de restablecer la IV Flota, tras casi 60 años de reposo, para tener un perfil más alto en el Caribe y América Latina, suscita inquietud en la región, ya que algunos la ven como una vuelta a la «diplomacia de las cañoneras».
Fidel Castro destapó la cuestión en un artículo publicado la semana pasada en Granma, el diario oficial del régimen cubano, acusando a Estados Unidos de querer «sembrar el terror y la muerte en América latina».
«Los portaaviones y las bombas nucleares con que se amenaza a nuestros países sirven para sembrar el terror y la muerte, pero no para combatir el terrorismo y las actividades ilícitas», dice Castro, de 81 años, que se retiró del poder en febrero del 2008.
Para Fidel Castro la iniciativa estadounidense tiene como objetivo «enviar un mensaje a Venezuela y al resto de la región».
El presidente boliviano Evo Morales también evocó una «IV Flota de intervención» en una entrevista concedida a la televisión cubana.
Pero la Marina estadounidense insiste en que el restablecimiento de esta flota es simplemente una medida administrativa que no asigna ningún elemento de forma permanente a las fuerzas estadounidenses en América Latina.
Los navíos de guerra y submarinos norteamericanos pasarán bajo el mando de la IV Flota a partir del 1 de julio cuando circulen por la región, afirma la Marina, y contrariamente a las otras cinco flotas dirigidas por almirantes de tres estrellas, ésta estará dirigida por uno de dos estrellas.
El despertar de la IV Flota es ante todo simbólico, estiman los expertos. Para el contraalmirante James Stevenson, actual comandante de las fuerzas navales estadounidenses en la región, esto «manda la señal correcta, incluso a aquellos que, como ustedes saben, no son nuestros mayores admiradores».
¿Pero de qué señal se trata?
«Por un lado en la región están aquellos que dicen «oh, ya vuelve a empezar»», explica Frank Mora, profesor en el National War College. «La obsesión de Estados Unidos por Venezuela, Cuba y otros indica que van a usar más fuerza militar, servirse de este instrumento más a menudo».
La otra opinión, que Mora dice compartir, es que «no se trata para Estados Unidos de intentar usar el instrumento militar para invadir o constreñir otro país, sino de trabajar con esos países para hacer frente a los desafíos y amenazas comunes».
Estados Unidos observó con inquietud la llegada al poder de mandatarios de izquierda en distintos países de la región con, a veces, el apoyo de Venezuela y su presidente Hugo Chávez, bestia negra de la administración del presidente George W. Bush en América Latina.
La adquisición por Venezuela de material militar, especialmente de aviones y helicópteros de combate, así como submarinos, también molestó a algunos militares.
Pero, desde que tomó el mando sur del ejército estadounidense, el almirante James Stavridis privilegió una postura diplomática en la región, organizando ejercicios, visitas a los puertos y misiones humanitarias.
«Esto no debe ser necesariamente percibido por los países como una voluntad de (desplegar una fuerza de) disuasión, o como una amenaza. Esa no es la intención», indicó Jay Cope, ex jefe del mando sur.
Los objetivos del almirante Stavridis son más vastos, afirma Cope. «Quizá hubiese un tiempo, en la época de la Guerra Fría, en la que nos gustase pensar que (América Latina) era nuestro patio trasero. Hoy, no es exactamente la forma correcta de ver esta región. No es nuestro patio trasero», insiste.
Fidel Castro