Nuestra situación sería muy diferente al actual estado de cosas, si existiera realmente la cultura del ahorro. Con el poderoso auxilio de tan importante y necesario hábito, no estuviéramos orillados a extremos con el calificativo de salidos de la tangente. Pero la imprevisión gana espacios volanderos.
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En cambio solemos poner en práctica verdaderos absurdos muy orondos. Olvidamos el mañana y caemos en el incorrecto como inconveniente derroche a manos llenas. Tenemos ya la soga al cuello y estamos en trapos de cucaracha, por lo tanto vienen las lamentaciones, aunque no aceptamos ser los culpables ni vuelta de hoja.
Ante tamaña problemática en todo sentido, amerita ser ahorrativos a efecto de siquiera paliar nosotros mismos el asunto. Si concierne al tema de los energéticos, se hace imperioso habida cuenta que sale a luz el agotamiento de esos recursos fósiles. En la actualidad los combustibles sobrepasan cualquier cálculo al azar.
Si no se ejecutan medidas a la mayor brevedad posible, relativas al ahorro de la gasolina, diésel y búnker, tampoco está lejano el instante que estos sean solamente mera historia perdida en el tiempo. Circunstancia obligada al reconocimiento que la madre naturaleza, como todo en la vida llega a un punto final.
Sin embargo, atenernos a ese hábito que inscribe la cultura específica del obligado ahorro de los carburantes, llegamos a la conclusión penosa que en nuestro medio ello es algo imposible. Como el fracaso del transporte urbano y extraurbano sigue su curso campante, el parque vehicular tiene visos de incrementar su proliferación.
Cualquier mortal hace esfuerzos denodados con tal de agenciarse de un automóvil que le permite comodidad para sí y los suyos. Cada unidad de ese tipo consume considerable cantidad de combustible, de espaldas por supuesto al deseable ahorro, máxime que también significa carga a los bolsillos.
En este orden de ideas cabe mencionar asimismo que por la carencia manifiesta de la cultura del ahorro, caemos directo al abismo. El desbarajuste de los propios ingresos mensuales, o de otra índole, pronto hacemos uso indebido evidente. Caemos en el marco tajante de pan para hoy, hambre segura para mañana.
E1 régimen de austeridad resulta, visto está, que es la medida oportuna de salvación la hacemos por un lado, ajenos a ese propósito, equivalente a la indispensable moderación. Implica sin vacilación de ninguna especie, únicamente a recurrir a lo estrictamente necesario, y que no se nos esponje el corazón
Siguiendo igual línea de pensamiento, abordamos lo tocante a la cultura del uso del agua entubada. Conscientes de constituir otro recurso natural que a diario es notoria su condición de deficitaria, nos importa un comino la extinción de sus fuentes de abastecimiento. Distante de ahorrar dicho recurso necesario para la existencia.
Resulta contradictorio y antisocial sobre todo, llevar a cabo acciones de tipo manguerear el auto, muros, ventanas y puertas, además de la acera y el jardín en forma cotidiana. También la cultura del ahorro del líquido vital viene a ser un mecanismo conveniente y por demás urgente.
Y qué decir de la cultura ahorrativa respecto a la electricidad, asunto al borde de la crisis, gracias a las alzas del petróleo, reflejadas en este caso. El uso racional conforma otra de las medidas a poner en práctica o marcha. Las circunstancias lo demandan de colaborar toda la población usuaria del servicio.