Desesperados por ayuda internacional


Unos residentes de Dedaye, Birmania, deben trasladarse tras quedarse sin casa por el paso del huracán en Myanmar.

Cientos de monjes budistas salieron a las calles de Rangún a ayudar a los habitantes tras el paso del ciclón Nargis, una imagen que ejemplifica la falta de respuesta de un gobierno que tampoco permite la entrada de ayuda pese a los llamamientos internacionales.


Los muertos ascienden ya a 22.980 (el anterior saldo era de 22.464), los desparecidos son 42.119 personas desaparecidas, y los heridos 1.383, según datos suministrados por el gobierno y la cadena de televisión pública.

Millones de personas se quedaron sin hogar, según las pocas organizaciones internacionales sobre el terreno, y la capital parece aún un campo de batalla, con farolas, rótulos publicitarios y árboles cruzados sobre las calzadas.

La ayuda internacional está entrando con cuentagotas y los empleados de las organizaciones internacionales y las no gubernamentales siguen esperando a que les den visados cinco dí­as después del paso de la tormenta.

La Casa Blanca dijo que Birmania todaví­a no ha respondido a su oferta de ayuda, mientras el secretario general de la ONU, Ban Ki-moon, pidió a las autoridades birmanas que faciliten la entrada de la asistencia.

«Ante la magnitud del desastre, el secretario general exhortó al gobierno de Birmania a responder a la ola de apoyo y solidaridad internacional al facilitar la llegada de trabajadores humanitarios y el ingreso de alimentos y materiales de todas las maneras posibles», declaró en un comunicado.

El partido de la opositora birmana Aung San Suu Kyi, la Liga Nacional por la Democracia, se sumó a los demandas asegurando que «las ví­ctimas del ciclón necesitan asistencia de agencias internacionales, incluida la ONU, de forma urgente».

Los afectados tienen que compartir con los que van llegando las escasas cantidades de arroz salvaje que tienen. Buscan desesperadamente cocos, cuya corteza impide que las bacterias ataquen el interior de la fruta.

A orillas del lago Inya, en Rangún, los vecinos hacen cola para asearse, lavar su ropa y llevar algo de agua a casa ante la falta de suministro.

Los birmanos se han sumado a las crí­ticas y reprochan su pasividad a un ejército, integrado por 400 mil militares, que gobierna con mano de hierro.

En el área pobre de Bagon Norte, Khin Hla, una mujer de 75 años, se ha instalado en las ruinas de lo que fue su casa, donde viví­a con los tres nietos que tiene a su cargo.

«Mi casa quedó destruida, no tengo donde ir. No tenemos dinero para arreglar la casa y no tenemos dinero para comprar comida. Estoy enfadada con el gobierno porque no nos está proporcionando ninguna ayuda», explicó.

En la antes frondosa capital birmana, los arboles fueron arrancados de cuajo y acabaron destrozando casas y coches.

«Dependemos de los monjes para limpiar esta calle», dijo una mujer de mediana edad de un barrio del oeste de Rangún que no quiso dar su nombre por miedo a represalias.

«Por supuesto que esperábamos que las autoridades vendrí­an, pero aún no se presentaron. Estos monjes llegaron tras la tormenta a ayudar a la gente a limpiar las calles y retirar los árboles», agregó.

La última vez que los tan queridos monjes aparecieron con tal fuerza en las calles de Rangún fue en septiembre, cuando lideraron las manifestaciones contra la junta militar reprimidas a sangre y fuego.

El taxista Maung Maung explicó que la gente no sólo está enfurecida por la falta de respuesta al desastre, sino también de no haber sido advertidos de la llegada del ciclón.

«La gente está muy enfadada con el gobierno. La gente quiere protestar pero temen que los militares les disparen», explicó.