El ejército iraquí inició esta semana una batalla contra los milicianos chiitas en todo el país, en unos combates que tienen como epicentro Basora, núcleo petrolero de Irak, y como fondo una lucha de poder entre el primer ministro Nuri al Maliki y el clérigo radical Moqtada Sadr.
Al menos 150 personas han muerto ya y otros centenares han resultado heridas en la operación, llamada «La carga de los caballeros», que comenzó en Basora, antes de que los milicianos abrieran nuevos frentes en sus feudos de Bagdad y en localidades del sur de Irak como Kut y Nasiriya.
Las operaciones contra los milicianos cobraron este viernes una nueva dimensión, con los primeros bombardeos aéreos efectuados en Basora por la coalición bajo mando estadounidense.
Pese a que las autoridades han evitado designarlo categóricamente, el Ejército del Mahdi es el blanco del ejército iraquí. Liderada por el clérigo chiita Moqtada Sadr, se trata de la mayor milicia del país con unos 60.000 hombres y goza de un amplio apoyo entre las clases desfavorecidas.
Durante los cuatro días el escenario de los combates más duros ha sido Basora, en cuya región se encuentra el 80% de los yacimientos petrolíferos, y donde la exportación se vio afectada por el saboteo el jueves de un importante oledoucto.
Signo de la trascendencia de los enfrentamientos, el primer ministro Nuri al Maliki, también chiita, se desplazó a esa ciudad para supervisar los combates. El miércoles dio a la milicia un ultimátum de 72 horas para que se rinda, y este viernes prometió recompensar financieramente a quienes entreguen las armas de los milicianos que luchan en Basora.
Frente a él, el clérigo Moqtada Sadr, irreductible, amenazó con una huelga general en todo el país y con una campaña de «desobediencia civil», al tiempo que proponía negociaciones al primer ministro.
Pero Nuri al Maliki zanjó la cuestión el jueves declarando que «negociar con los forajidos es contrario a la Constitución. Su sola opción es abandonar las armas y dar garantías de que van a respetar la ley».
Los seguidores del clérigo, que se manifestaron en las calles de Bagdad para reclamar la dimisión de Maliki, acusan a éste de estar a sueldo de los estadounidenses y de liderar un gobierno corrupto que no invierte las riquezas del país en los más desfavorecidos.
También lo acusan de favorecer a los partidos rivales de la comunidad chiita, el Consejo Supremo Islámico Iraquí y el Dawa, del que forma parte el primer ministro.
Valiéndose de algunas de estas acusaciones, el movimiento sadrista abandonó el gobierno del país en abril de 2007, donde estaba representado por seis ministros, y dejó en septiembre de ese año la mayoría parlamentaria formada por chiitas y kurdos.
La desconfianza entre Moqtada Sadr y Nuri al Maliki se ha convertido abiertamente en hostilidad a medida que se acercan las cruciales elecciones provinciales de octubre.
Los comicios podrían llevar a los sadristas a hacerse con algunos puestos de decisión clave, especialmente en el sur del país, donde el grupo no se considera suficientemente representado y, según él, el CSII y el Dawa acaparan el poder.
Mientras tanto, Nuri al Maliki recibió el apoyo de Washington. El presidente estadounidense George W. Bush se felicitó por su «audaz» decisión de combatir a los milicianos chiitas, que «muestra los progresos realizados por las fuerzas de seguridad iraquíes».