El crecimiento explosivo del área metropolitana y, sobre todo, la ausencia de políticas para promover el uso de transporte colectivo, producen un constante aumento en el número de vehículos que se desplazan diariamente por nuestras calles y avenidas, lo que obliga a establecer mejores mecanismos de control. La Municipalidad de Guatemala con la Policía Municipal de Tránsito constituye un modelo que han ido imitando otros municipios del país, lo que sumado al hecho de que tienen la responsabilidad en el área más compleja y delicada de la república, demanda de ellos máxima eficiencia y capacidad.
Desafortunadamente la masificación en el número de agentes, necesaria por la cantidad de puntos críticos que va en constante aumento, ha tenido consecuencias y cada vez es más evidente que la PMT está perdiendo el control, lo que se evidencia con la forma en que los mismos agentes se escabullen de los cruceros luego de provocar ellos mismos embotellamientos enormes. En efecto, sin criterio técnico alguno, sustituyen a los semáforos que quedan como artefactos decorativos mientras los pitidos de los agentes obligan a los automovilistas a detenerse por largos períodos mientras alimentan embudos al no respetar los flujos naturales de los semáforos.
Por si ello fuera poco, los particulares contribuyen a crear problemas. Policías particulares al servicio del Colegio Austriaco, por ejemplo, colocan conos nada más y nada menos que en plena Calzada de la Paz para detener el tránsito durante los doce o quince minutos que le toma al colegio desfogar su sistema de transporte. Y si los automovilistas bocinan o protestan, los agentes acarician sus armas de fuego y empiezan a usar sus radiotransmisores como para advertir que pueden recibir refuerzos. Esa calzada es importante vía y es inaudito que los agentes de la PMT, ubicados en el redondel a menos de cien metros, permitan que una vía rápida sea clausurada por decisión de los empleados de un colegio privado.
Pero así es como funcionamos todos en Guatemala, irrespetando la ley, las normas y el flujo normal. Los policías de Tránsito harían mejor servicio en los cruceros si simplemente vigilaran y sancionaran a los automovilistas que abusivamente obstaculizan los cruceros, en vez de ser ellos los que taponean el tránsito al «rempujar», literalmente, vehículos en arterias que adelante tienen semáforos que operan con toda normalidad.
Controlar el tránsito en una gran ciudad no es materia para empíricos e improvisados y eso muestran nuestros agentes que, al ver el embrollo que arman, se escabullen con la cola entre las piernas.