En recuerdo del mártir Manuel Colom Argueta


El anterior sábado 22 de marzo se cumplieron 29 años del asesinato de que fuera ví­ctima el dirigente socialdemócrata Manuel Colom Argueta, uno de los alcaldes más progresistas y fecundos de Guatemala y lí­der indiscutible de todos aquellos revolucionarios que optaron -en medio de la encarnizada represión de los gobiernos militares- por la ví­a electoral, a sabiendas que serí­a casi imposible acceder al poder mediante consultas democráticas.

Eduardo Villatoro
eduardo@villatoro.com

Hasta el último momento de su vida, Colom Argueta defendió el derecho inalienable y soberano del pueblo de organizarse polí­ticamente, exigiendo a los regí­menes autoritarios que respetaran la voluntad de los guatemaltecos de escoger su propio destino, sin la opresión de las ensangrentadas bayonetas ni las latentes amenazas del cómplice capital oligárquico.

Podrí­a abundar en argumentos acerca de la preclara figura de Colom Argueta, pero prefiero ceder parte de mi espacio para dar cabida parcial y resumidamente a un mensaje que recibí­ de mi viejo amigo Factor Méndez Doninelli, quien califica a Manuel como «el último lí­der nacional, popular y revolucionario del siglo XX», y quien fue asesinado «por un grupo de sicarios dirigidos por altos oficiales del Ejército Nacional, en el marco del terrorismo de Estado y de la polí­tica contrainsurgente de las dictaduras militares»

Afirma Factor que «la ejecución del lí­der revolucionario fue urdida entre militares, acompañados por los grupos paralelos y poderosos ocultos, el capital transnacional, empresarios locales y la oligarquí­a, que sintieron el peso popular del liderazgo de Colom Argueta, quien en caso de llegar a la Presidencia de la República, pondrí­a en riesgo sus intereses económicos».

Es que el peso polí­tico de Manuel era tan evidente y su popularidad trascendí­a las fronteras latinoamericanas, que de no haber sido asesinado, seguramente hubiese sido candidato presidencial del FUR y de múltiples organizaciones populares, y ni siquiera el poder militar y su connivencia con la plutocracia, habrí­an logrado impedir su victoria, en vista de la eventual presión nacional e internacional.

Recuerda Méndez Doninelli que Colom Argueta fue fundador y secretario general del FR, promotor y constructor del Frente Nacional de Oposición durante el gobierno militar de Arana Osorio, y se consideraba seguidor de los gobiernos de Juan José Arévalo y Jacobo írbenz Guzmán. «Fue un dirigente revolucionario, civilista y antiimperialista -enfatiza- que creyó en la democracia burguesa y en la posibilidad de acceder al poder por la ví­a electoral sin el uso de la violencia, para impulsar cambios estructurales que la sociedad guatemalteca requiere, profundos y acelerados, así­ como modificar el sistema de injusticia, desigualdad e irrespeto a los derechos humanos que seguimos sufriendo en el presente».

Manuel Colom Argueta fue eliminado por las fuerzas oscuras que han dominado a Guatemala desde siempre, salvo la época de la Primavera Democrática de 1944/1954, y «sus asesinos -subraya Méndez Doninelli- asestaron un duro golpe a las organizaciones revolucionarias y a los sectores populares, democráticos, progresistas y antiimperialistas.

Trae a la memoria que el dí­a de su sepelio, cuando cientos de miles de jóvenes, mujeres, estudiantes, obreros, trabajadores, maestros, combatientes, discí­pulos, compañeros y camaradas suyos acompañaron sus restos con profundo pesar, indignación y coraje. Se calcula que alrededor de 800 mil personas participaron en el cortejo fúnebre, habiéndose convertido en la más grande demostración de repudio a la dictadura militar y a la polí­tica contrainsurgente de esa época.

Méndez Doninelli termina su mensaje así­: «Como miembro de la Dirección Nacional del Frente Unido de la Revolución de aquel momento y compañero de Colom Argueta en la lucha revolucionaria de esos años, me sumo a los homenajes que se realizan en ocasión del XXIX aniversario de su ejecución; que hago extensivos a la memoria de todos los patriotas revolucionarios mártires, recordando que la lucha iniciada continúa vigente»

(Romualdo Tishudo, al referirse a los asesinos de Colom Argueta y todas las ví­ctimas de la represión militar, cita a Hesí­odo: «Desde el instante en que el hombre comete un crimen entra el castigo en su corazón»).