Precario valor de la vida


Hace buen tiempo que los guatemaltecos venimos sintiendo preocupación por el futuro y lo que depara a nuestros hijos y nietos porque lejos de observar avances, hay marcados retrocesos en el paí­s no sólo en materia de seguridad, sino que también en cuanto a la sujeción de los ciudadanos a la majestad de la ley. Pero los acontecimientos están mostrando un lado mucho más dramático, cuando vemos que en medio de esa cultura de desprecio a las leyes y de absoluta impunidad, florecen actividades terribles como la del narcotráfico que se enseñorean, literalmente hablando, del territorio nacional.


Es tal la cantidad de muertos que los crí­menes ya no tienen la caracterí­stica de «alto impacto» que antes obligaba a los fiscales a tomar en cuenta uno que otro caso paradigmático. Por el contrario, lo mismo da que unos policí­as maten a una ama de casa que viajaba con su esposo en la carretera a El Salvador o que los pandilleros acribillen a pilotos y ayudantes de buses sin mayores miramientos. No digamos la cantidad de personas que son ví­ctimas de asaltos mortales que ni siquiera abren expediente en el inoperante Ministerio Público.

Si la impunidad y la cultura de irrespeto a la ley, visible hasta en la cotidianidad del tránsito, son caracterí­sticas de la vida chapina, el precario valor de la vida es algo que espanta y que debiera forzar a una reflexión profunda de los distintos sectores de la sociedad. El Gobierno tendrí­a que ser el que llamara a un gran esfuerzo nacional de reflexión sobre la violencia, involucrando a los medios de comunicación, a los diferentes sectores organizados de la sociedad y a toda la estructura del Estado para buscar mecanismos que nos devuelvan al camino del respeto a la vida y a la dignidad de las personas.

Puede parecer un planteamiento utópico, pero urge que se promueva un gran movimiento nacional de repudio a la violencia, a la cultura de la muerte y que involucre a los ciudadanos en un esfuerzo serio y profundo para contener tanto crimen y tanta matanza. Está visto que el Gobierno no tiene la capacidad (y quién sabe si la claridad y/o voluntad) para enfrentar el problema, lo que nos obliga a los ciudadanos a actuar. Tenemos que echarnos el paí­s al hombro, literalmente, para emprender nosotros la transformación que hace falta para revalorizar a la sociedad, para devolverle valor a la vida y promover el respeto tanto a la dignidad de las personas como al estado de derecho.

Si dejamos esa tarea en manos de los gobernantes, mejor pidamos a Dios que nos agarre confesados porque no iremos a ningún lado. El asunto es dramático porque al final es de vida o muerte y, en honor a la verdad, no queda otra que hacerle frente cada uno en su campo y en la medida de sus posibilidades.