Bibliofobia


Hay algo que no funciona en nuestra capacidad de elección que hace que comprar libros sea una actividad contra natura, pesada, desafortunada y costosa. Hay una aversión a invertir en libros que no dignifica a los pitecántropos que tratan de lucir interesantes, ¿Por qué tanta avaricia y deseos de «ahorrar» dinero? ¿Qué nos pasará? ¿Por qué se considera tan antinatural invertir en libros? No lo sé.

Eduardo Blandón

El sentimiento de malgastar el dinero lo he experimentado por donde paso. A menudo me topo con profesionales que gustan de fotocopias y en cuyas casas las bibliotecas no pasa de ser un lugar hí­per humilde, reducido y vergonzoso. Y no es sólo que no compran libros sino que, en realidad, ni siquiera leen. Son tan descarados que hasta comentan con orgullo no visitar bibliotecas ni tener la costumbre de leer al menos los periódicos: «no quiero intoxicarme con las malas noticias cotidianas», me confiesan seguros.

Son idiotas vitales que caminan «exitosos» por el mundo porque, en realidad, como me explican, «para ganar pisto no se necesita leer demasiado». Evidentemente, semejante estupidez se transmite de padres a hijos, así­ uno se encuentra con estudiantes -algunos- que sienten horror cuando el profesor les invita a leer textos de cuatro o cinco páginas, ya no digamos un libro. En dí­as pasados, por ejemplo, un muchacho de una universidad privada me dijo que el libro asignado para leer en el semestre era muy caro, 120 quetzales: «Yo nunca he gastado tanto en libros», me dijo con honestidad.

La escala de valores de los jóvenes y sus padres está en crisis porque prefieren invertir en buenos carros, conciertos, vacaciones al extranjero o en bacanales dionisí­acos (todas actividades que me dan envidia, lo confieso) que gastar en sus cerebros de simios. Por eso es que cada que hablan hacen temblar al universo entero y sus babas, si se recogieran en un lugar, formarí­an un lago inmenso.

Por supuesto que los libros son caros (y este artí­culo no es una apologí­a a las librerí­as), pero debe considerarse el cultivo de la adquisición de libros como un hábito semejante al de alimentarse a diario. ¿Acaso uno deja de comer porque la comida está cara? En el presupuesto familiar deberí­a existir un espacio parecido al de la nutrición (que incluye vitaminas, afrodisí­acos y salidas extraordinarias a restaurantes) para gastar en cosas de la mente. Así­, alimentar el cuerpo tendrí­a tanto valor como nutrir la inteligencia. ¿De qué sirven tanta belleza fí­sica y apariencia apolí­nea con tanta oligofrenia?

No digo que no hay que cuidar el cuerpo o la apariencia fí­sica y que lo intelectual deba ocupar un puesto por encima de todo (cosa que algunos intelectuales hacen muy bien, llevando una vida descuidada y desordenada). Trato de decir que las vitaminas para el cerebro -una de tantas- es la adquisición de libros y, por supuesto, su lectura y relectura. Una actitud de rechazo a los libros debe desterrarse de nuestras vidas para adquirir un nuevo estilo existencial que nos haga crecer intelectualmente.

Con lo dicho hasta aquí­, si usted es uno de esos que tiene tiempo de no comprar libros, no conoce las librerí­as, las bibliotecas son sólo un nombre y las fotocopias son (con mucho) su mejor opción, ponga su barba en remojo. Usted está compitiendo fuertemente con los animales del zoológico, aunque trate de lucir orondo en un buen carro y me deje ver su estado de cuenta. Preocúpese, si no por usted, al menos por su hijo. ¿No le parece buena motivación?