Uno quisiera mantener siempre una buena dosis de optimismo y ello es bueno en la vida para no decaer ni perder el espíritu, pero hay circunstancias en las que se impone la necesidad de ver el horizonte con realismo para prepararse de mejor manera a fin de manejar adecuadamente las crisis. Y obviamente en el plano económico estamos ahora entrando a una etapa en la que sería insensato no entender sus profundas dimensiones y el impacto que tendrá en la economía de todos los hogares de nuestro país, por lo que es urgente que tanto el Gobierno como la población revisen sus actitudes para encarar adecuadamente esta adversidad frente a la que tenemos tan poco margen de maniobra.
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Porque se trata de una crisis mundial que algunos analistas consideran como la más seria desde la Segunda Guerra Mundial y algunos consideran como la peor desde la Gran Depresión. Todo empezó cuando en Estados Unidos reventó la llamada burbuja inmobiliaria que hizo que los precios de los inmuebles se duplicaran en menos de un lustro, haciendo que las inversiones y las especulaciones se desplazaran de la Bolsa de Valores hacia ese creciente mercado en el que muchos hicieron dinero rápidamente en ese período de bonanza. Pero el «boom» trajo también el alza de las tasas de interés y la insolvencia de muchos compradores provocó el ajuste que no ha terminado y que en algunos mercados redujo el valor de las propiedades en cifras cercanas al treinta por ciento; según analistas del mercado de bienes raíces, todavía se puede esperar una disminución en los próximos meses y hay varios que estiman que los precios no se estabilizarán sino hasta el año próximo.
La crisis ha tenido efectos terribles para el consumidor, puesto que un fenómeno que ahora empieza a surgir es el del alza de tasas de interés de las tarjetas de crédito, producto de que mucha gente al sufrir la insolvencia hipotecaria se endeudó con varias tarjetas que ahora están cobrando intereses arriba del 25%, lo que tiene a muchos con la soga al cuello y ha significado una reducción importante en el consumo que se había visto alentado por las líneas de crédito que los bancos ofrecían a manos llenas teniendo como respaldo el valor de las viviendas.
La crisis económica de Estados Unidos tiene raíces muy profundas y entre ellas hay que destacar la inmoralidad de muchas empresas que se cotizaron públicamente en la Bolsa y cuyos descalabros hicieron que los inversionistas vieran en el mercado inmobiliario una alternativa que, al final de cuentas, resultó afectada por la especulación. Pero sus consecuencias han sido y serán globales porque ya vemos cómo la pérdida del valor del dólar está impactando en el precio de los productos como el petróleo que mantienen alza constante. Y si bien todavía no hay niveles de desempleo como para que se pueda hablar técnicamente de recesión, lo cierto es que ya las condiciones están siendo críticas y que Washington ha promovido la inflación como remedio a la inminente recesión, lo que posiblemente ellos puedan soportar razonablemente, pero que en países pobres como el nuestro tendrá efectos devastadores.
Algunos piensan que siendo tantos los guatemaltecos que ya viven en malas condiciones económicas no es mucho lo que se les afectará porque tienen poco que perder. Eso es falso porque el impacto que para esa gente tiene la crisis económica es merma en su ya precaria calidad de vida y eso es lo que el Gobierno tiene que atajar cuanto antes. Paliar la crisis demanda solidaridad para que quienes más tienen contribuyan a reducir el impacto entre los más pobres y ese debe ser el reto de un gobierno socialdemócrata.