Detrás de la Cruz


Antes el descanso de Semana Santa era ofrecido por las autoridades para que el pueblo guatemalteco, mayoritariamente católico, tuviera el tiempo suficiente para acudir a sus ritos; entre ellos, participar, como observadores o colaboradores, en procesiones. Pero eso, más bien, fue hace mucho tiempo, en la í‰poca Colonial y en el perí­odo Conservador.

Mario Cordero
mcordero@lahora.com.gt

Con la llegada de la Reforma Liberal, la religión se mermó un poco por el ataque que se le hizo, aunque no la llegó a subyugar. Fue hasta en las últimas décadas, por el avance de la religión Protestante y de otras que se encuentran presentes en el paí­s, así­ como un mayor grado de agnosticismo (proporcionado como caracterí­stica de la posmodernidad), que no es unánime la participación de los guatemaltecos (al menos de los capitalinos) en las procesiones u otras actividades religiosas.

Ahora, Semana Santa es playa y sol (adoptando una imagen del verano estadounidense), retornar al pueblo natal (debido a que la mayorí­a de personas de los departamentos han emigrado hacia la capital), o descanso en la casa (justo asueto, para la rapidez de los tiempos modernos). Las actividades religiosas siguen acaparando la mayor cantidad de personas, pero sin ser masivas como antaño.

Sin embargo, quisiera yo resaltar algunas ideas en torno al hecho fundante de la Semana Santa, es decir, la Pasión de Cristo, ya que éste se ha banalizado entre la playa, las granizadas de cangrejo y las llantas lisas de los autobuses extraurbanos.

Con la imagen del Nazareno, es decir, Jesús cargando la Cruz, hay un proyecto de vida como pocos de hoy dí­a. Y con esto quiero decir que no hay engaño en ello. Desde un principio, el Redentor dijo: «El que quiera seguirme, que cargue su cruz y me siga»; el final es evidente, pues Jesús fue condenado a muerte por enseñar a amar; í‰l, sin ser socialdemócrata, se acercó a los más pobres y necesitados, y por no haber favorecido a los polí­ticos y a los ricos, no tuvo influencias cuando se le juzgó.

Jesús no engaña; muestra lo que se tiene en realidad en esta vida: lucha, trabajo y una cruz al final de la vida. Es muy al contrario de lo que se ofrece hoy dí­a, en donde el mercadeo se ha encargado de estudiar la forma de vender porquerí­as haciéndolas lucir bien. En nuestro «verano», los anuncios muestran bellas mujeres en bikini y musculosos hombres bronceados, que lucen felices en torno a una botella de bebida espirituosa; pero no enseñan qué hay detrás de ello: familias destruidas por alcoholismo, decenas de muertes por accidentes en carreteras por pilotos ebrios, o, cuando al menos, resaca al dí­a siguiente.

Detrás del rostro de la Cruz, que puede parecerse a la soledad, a la muerte y al temor; también hay paz, amor y resurrección. Pero Jesús no engaña; no dice que revisará la minerí­a en un paí­s ni que gravará el tabaco y el alcohol, y luego se hace para atrás. í‰l dice: el camino pasa por el sacrificio, por la cruz, para luego tener recompensa. Vivimos en un mundo que intenta ocultar lo feo, y vendernos sólo las cosas buenas; pero todos sabemos que detrás hay muerte y destrucción.

La Semana Santa dejó de ser motivo de reflexión; muchos devotos cargan por tradición, pero a veces desconocen el valor estético o histórico de las imágenes. Sin embargo, no cabe duda que el espectáculo de las procesiones aún sigue conmoviendo a quien lo observa; los espectadores aún se identifican con la lucha de ese Jesús Nazareno que lleva siglos cargando su Cruz, y que más de alguna vez hemos sentido que nuestra vida es eso, una cruz, pero el Redentor nos enseña a echar el hombro y seguir adelante.