Don Juan Orero


Luis Fernández Molina

Cuando la maestra desplegó el polvoriento mapa, Juanito pudo ver un grupo de pequeños paí­ses pintados de diversos colores que representaban a la América Central. ígil de mente no tuvo ningún problema en aprenderse los seis paí­ses que se encontraban al sur de México, aunque confundí­a las capitales: Tegucigalpa, Managua, San José. Hací­a mucho calor y en su imaginación se sumergí­a en las frescas olas del Mediterráneo en el que nadaba todas las tardes luego de clases. Juanito habrí­a de recordar siempre ese primer mensaje del destino, ese primer contacto con ese paí­s de nombre extraño, Guatemala, que aparecí­a pintado de color verde pálido y que por los azares del destino habrí­a de ser su hogar. A sus 10 años no se recordaba nada de su natal Lérida, Cataluña, y de Cuenca guardaba solo dos recuerdos muy marcados aunque envueltos ambos en una misteriosa neblina: recordaba a su madre quieta, como dormida acostada en medio de la sala y mucha gente reunida que le acariciaba el pelo o le daba cariñosas cachetadas pronunciando en todo caso palabras que a sus 4 años no podí­a comprender. Desde entonces no volvió a ver a su madre. Para Juanito la madre no fue sólo un recuerdo por una parte tierno y a la vez muy doloroso; la madre fue una ausencia permanente que respiraba con las primeras luces todos los dí­as y lloraba en silencio todos los atardeceres. También evocaba de Cuenca unas casas fantásticas que colgaban de la montaña, casi las veí­a en su mente pero no estaba seguro si las habí­a visto o las habí­a construido con retazos de los cuentos que en ocasiones su padre le narraba. Juanito dejó de ser niño antes de tiempo. Cuando crecí­a en razón tuvo que asimilar la incomprensible realidad de la Guerra Civil española que lo sorprendió de apenas 9 años. Pasó hambre y miedo; tuvo que hacer colas para obtener mendrugos de pan y tuvo que esconderse de los ataques armados. Los años de la posguerra no fueron mejores. Acompañó a su padre, sargento de la Guardia Civil, por las distintas regiones de España; de Cataluña a Galicia, de Extremadura a La Mancha, finalmente anclaron en Andalucí­a. Primero en Torremolinos un pequeño pueblo de pescadores que respiraba por el Sur la brisa salada del mare nostrum y del Norte le llegaban los aires tibios impregnados de azahares y olivares. Luego se trasladaron al cercano poblado de Casares en donde alguien le esperaba, alguien que habrí­a de acompañarlo por el resto de sus dí­as. Allí­ la conoció caminando por la acera opuesta y desde el momento que la vio se dijo: «Esa mujer va a partir el pan de mis hijos». Fue otra señal del destino. Mientras tanto hizo el servicio militar en la Escuela del Aire. Se iba haciendo piloto aviador y concluido el servicio se disponí­a a enrolarse en una lí­nea comercial hasta que un grupo de compañeros planificó un viaje a Tánger. A pesar de la insistencia de sus compañeros Juan tuvo que quedarse por padecer de una fuerte gripe. No volvió a ver a sus amigos, el avión se habí­a estrellado. Juan volvió a sentir el llamado del destino y dejó la aviación. A sus 23 años tení­a un hogar con aquella niña de Casares y tuvo que buscarse un trabajo. Torremolinos ya se empezaba a perfilar como un gran centro turí­stico y le ofrecieron el puesto de administrador nocturno del Hotel Santa Clara. Allí­ quedaban sus planes hasta que un tí­o de Marí­a Paz, su esposa, les habló de Guatemala, ese paí­s misterioso que aparecí­a en verde en el mapa. (Continúa).