Luis Villar Anléu
Universidad de San Carlos de Guatemala
Se ha dicho y escrito in extensis acerca de las extraordinarias y ricas tradiciones de Cuaresma y Semana Santa en Guatemala. Pero cuánto falta aún por decir… Tema inagotable si nos atenemos a la profundidad en que se anclan las raíces de la espiritualidad y de la cultura material de los guatemaltecos, exteriorizadas en ciclos rituales manifestados como series de costumbres que, tal el caso presente, dan vida al magnífico tiempo de ceremonias y conmemoraciones pascuales de la Iglesia.

Un tema apasionante es el de los simbolismos que subyacen a la incorporación de elementos de la Naturaleza a la festiva evocación de la pasión, muerte y resurrección de Nuestro Señor Jesucristo. Es como sacarse el hombre las entrañas hechas espíritu para ponerlas a la honra del Señor, para celebrarle gloria con lo más preciado que su recogimiento religioso ha de suponer que puede agradarle: comidas, bebidas, fragancias, flores, colores, productos de la tierra, esencias aromáticas, humo y fuego.
Todo es espontáneo. Lo que ha de incorporarse «al gran ritual» es un acopio innato que desde siglos ha sido fijado por un comportamiento social heredado en igual tiempo de práctica religiosa. De ahí que desde las hojas de pacaya hasta los aserrines tengan un lugar propio y una permanencia garantizada. Sus significados y simbolismos sobreviven en el inconsciente colectivo, y brotan, cual torrente identitario, en forma de costumbres y tradiciones de un pueblo que se vuelca a lo espiritual.
De lo profano a lo sagrado
Conmemorar el pasaje histórico de la pasión, muerte y resurrección de Cristo se convierte en uno de los sucesos más importantes y significativos en la vida de la mayor parte de guatemaltecos. La manifestación, de enorme significación espiritual y valorativa, posee formas y estilos fijados por leyes no escritas, pertenecientes al imaginario colectivo, que han transformado los ritos foráneos y creado formas auténticas que responden a necesidades individuales de ofrendar por creencias arraigadas y profundas.
Por ello surgen maneras de construir y adornar los íconos tradicionales, se glorifica el carácter de las comidas populares de la época, se afianzan creencias, supersticiones, costumbres y hechos del saber y de la oralidad populares, la cultura material encuentra ricas vías expresivas y surge un espléndido arte popular temporal, efímero, que a veces dura sólo fracciones del tiempo que tomó crearlo. Pero es el universo de símbolos que vincula lo popular con lo sagrado, que establece un mensaje de códigos propios que no sólo cohesiona al grupo social sino que eleva al creyente a las esferas sacras.
Pero es bueno volver los ojos a la segunda mitad del siglo XVI para buscar los orígenes de la riqueza expresiva de Cuaresma y Semana Santa en Guatemala. Aceptar que las nuevas creencias cristianas venidas de Europa habrían de enriquecerse con hechos culturales característicos de la cosmovisión de los pueblos mesoamericanos. Hasta que se alcanzara cierto grado de fusión etnológica entre europeos y americanos, el sincretismo en la dimensión espiritual lograría ver hacia lo sagrado a partir de una amalgama de expresiones del mundo profano manifestadas de diversas maneras.
De la nueva cocina, la sincrética, empezaron a surgir aromas, sabores, colores y protocolos de identidad única. La cocina cuaresmal fusionó elementos culturales nativos con los importados junto al modo de ser español. Y de esa cuenta surgieron los infaltables platillos de pescado seco, preparados a la usanza guatemalteca, junto a ellos se cocinan garbanzos en dulce, se apetece la miel de doncellitas, se hornea y comparte «pan de recado», se desayuna el Jueves Santo con chocolate humeante, los chiles rellenos adquieren rango de sacralizados y se disfruta una espléndida muestra de encurtidos.
Si nuestro juicio no es erróneo, la cultura maya empuja otro tipo de «comida» a la espiritualidad sincrética: fuego y humo. En el mundo q»eqchi», el Señor Tzuul Taqa», Dios, come las llamas de las velas y bebe el humo del copal-pom. Por eso se le encienden candelas y se le queman las aromáticas resinas. No son ofrendas, son obsequios, se le agrada con comida. Y cuántas velas, y cuántos inciensos, estoraque, bálsamo, copal y pom no aparecen en las ceremonias cuaresmales… Y cuántos venerables árboles de la flora guatemalteca no ceden sus exudados a las nobles manos que los buscan.
Vuelta nuestra atención a los íconos cuaresmales, señalemos cuando menos cuatro: huertos, alfombras, pasos y arcos. Ese conjunto de magníficas muestras del arte popular tradicional efímero, de carácter religioso, que forman un eslabón entre lo sagrado y lo profano, que logran que el creyente se acerque a Dios construyendo con productos de la tierra vínculos que lo elevan y bendicen.
Arte popular efímero de Cuaresma
Cuatro son las principales materias primas de origen natural en el arte popular efímero cuaresmal: follajes, frutos, flores y residuos de madera (aserrín). Cada uno de ellos tiene su propio significado en el contexto en el que se le incorpora, su propio simbolismo. Dada la brevedad de estos apuntes, es poco probable que se puedan individualizar como referentes de religiosidad. Dentro de los follajes, por ejemplo, a grandes rasgos se puede considerar a las hojas de pacaya, a las de «palma» y a las de pino entre las predominantes sobre cualesquiera otras. Pacaya y «palma» pertenecen al mismo grupo botánico: palmeras.
Las palmeras siempre han tenido hondo sentido espiritual, de elevación a esferas divinas. Las hojas de pacaya se fijan en X, con un solo clavo al medio, en superficies verticales. Se les incorpora a huertos y a arcos, a veces también a los pasos. La hoja de «palma» se incluye en arcos, junto a muchas flores en alfombras y huertos, adorna andas, candelabros y naves de los templos y forma «Las Palmas del Domingo de Ramos». Al quemar las del año anterior para el presente, proveen la ceniza del Miércoles de Ceniza. Es una especie sacralizada, insustituible en los rituales de cuaresma y, por lo tanto, una de las especies arborescentes incrustada en la esfera espiritual del guatemalteco.
Con referencia reducida a huertos, alfombras y pasos, agreguemos cómo las hojas de pino fresco se riegan generosamente para formar un especial tapiz verde, oloroso y mágico. Sobre él se desparraman doradas «flores de chilca», se dispone «comida para Dios», se encienden velas y se alinean fragantes flores de corozo, el aroma de Semana Santa en toda su expresión. En esta emotiva aplicación el pino adquiere una dimensión excepcional. Se deposita con respetuoso entusiasmo, tal vez comparable al sentimiento que lo acompaña en adoratorios, mesabales y sitios sagrados de raíz prehispánica.
Hablar de los frutos nos obliga, como en el caso de las alfombras de pino, a pensar
en la comunicación sincretizada entre lo sagrado y lo profano a través de la comida. El sacro ofrecimiento a Dios para que se alimente de los frutos de la tierra, que los fieles traen para í‰l con humildad, sumisión y súplica. Por eso están en nuestros cuatro iconos de arte popular efímero. Algunos tienen casi rango de venerados al incorporarlos, como el pataxte, un pariente muy próximo del chocolate. No parece ser casualidad que con pataxte se prepare una bebida sucedánea del chocolate, que se ofrece ritualmente en el área de las verapaces en ocasiones significativas.
Otros frutos característicos son «melocotón de olor» (cucurbitácea, sin parentesco con los duraznos), cocos, piñas, bananos, plátanos, mangos, zapotes y naranjas. Un fruto no comestible pero intensamente empleado es el «coralillo», o pacuché; son pequeñas bayas, anaranjadas cuando maduras, dispuestas en alargados racimos. El coralillo es al arte popular efímero de Semana Santa y Cuaresma lo que la fe al creyente. No son éstos los únicos frutos traídos a la sacralización, pues la variedad puede depender de la región geográfica. Muy ocasionalmente se incluyen algunas verduras dentro de esta olorosa y multicolor serie de productos vegetales.
Las flores, con toda la potencia simbólica que han cargado para la humanidad, tienen su lugar por sí mismas. Despiertan sensaciones mágico-religiosas que las hacen elementos evocadores de sentimientos muy profundos, por lo que adoptan naturaleza de ofrenda. Además, proveen texturas, colores y olores exclusivos. Por ello son infaltables. Entre las más peculiares de la conmemoración están estatisia, clavel, bouganvilia, chilca, gravilea, pino, matilisguate, corozo y jacaranda.
Pueden ser especies originarias del país o cultivos importados. No importa tanto. Su presencia, en particular regadas para formar alfombras vivas, o desparramadas sobre una alfombra de pino, infunden su propio espíritu al de los fieles que las miran, admiran, usan, huelen y estiman. El caso más notable es el del corozo, cuyo olor inunda la atmósfera de Guatemala y pregona a los cuatro vientos la magnificencia de la Semana Santa local, como a su modo lo hacen los matilisguates en rosada floración cuaresmal.
Los aserrines, humildes pero con notables valores, se constituyen en vehículos de color para inundar con matices de mil arcoiris las alfombras, los huertos y los pasos. En el fondo, cuando se humedecen, exudan el aroma propio de las maderas de que proceden. Como usualmente son de pino, el grato efluvio de sus resinas impregna el alma con el olor de un bosque que se ha volcado para adorar y adornar a Cristo.
Los íconos en el colofón
Solo resta decir que, como productos del arte popular efímero de Semana Santa y Cuaresma, hemos nombrado a los huertos, los pasos, las alfombras y los arcos. Los huertos son, en esencia, altares hechos en el interior de los templos. Tienen abundantes hojas de pacaya, pino regado, muchos frutos, macetitas con plántulas de trigo o avena, innumerables flores, luz y calor de velas encendidas y sacrosantas volutas de inciensos.
Los pasos son pequeños altares organizados al frente de casas de devotos, ante los cuales se detiene la procesión del Vía Crucis para el rezo correspondiente. Integran los mismos elementos de los huertos pero, por razones obvias, en espacio mucho más reducido y en cantidades significativamente menores. Delante del paso se confecciona una pequeña alfombra, casi siempre de flores.
Los arcos son manifestaciones que han ido perdiendo preferencia. En pocos lugares se mantiene la tradición. Uno de ellos es Panajachel, en donde con toda regularidad se erigen en la vía procesional. Un arco típico consta de tres troncos, dos verticales anclados en tierra que sostienen un superior horizontal. Entre cuatro y seis metros de ancho y unos cinco de alto. Se adornan profusamente con productos naturales: pashte blanco, musgos, hojas de pacaya y de palma y muchas frutas, coralillo y flores.
Finalmente, las alfombras. Infaltables. Muestras supremas del arte efímero como las de la Nueva Guatemala de la Asunción, La Antigua Guatemala y la ciudad de Quetzaltenango. Pero por más chicas que sean, con los materiales más sencillos que se elaboren, en los pueblos más pequeños que existan, son parte de esa búsqueda de la esfera divina desde la dimensión terrena. Expresión de un sincretismo que sacraliza bienes de la Naturaleza para engrandecer las tradiciones occidentales de Cuaresma y Semana Santa en Guatemala.