La interminable carrera para desempatar a los aspirantes a la Casa Blanca levanta inquietud en el campo demócrata, y algunos temen un desmembramiento del partido, mientras que los republicanos se unen detrás de su candidato John McCain.
Ni Hillary Clinton ni Barack Obama parecen capaces de traspasar el umbral de los 2.025 delegados necesarios para obtener la candidatura demócrata a la elección presidencial antes de la convención nacional de agosto. En estas condiciones, los votos de unos 800 «superdelegados» que representan a «la aristocracia» del Partido Demócrata, podrían ser determinantes en la elección del candidato que llevará los colores de la oposición en noviembre.
La presidenta demócrata de la Cámara de Representantes, Nancy Pelosi, intervino el domingo para poner en guardia sobre los riesgos de un quiebre en el partido que podría haber si el voto de los «superdelegados» fuera en contra de la elección expresada por los votantes durante las primarias y «caucus» o asambleas de electores.
«Si los votos de los superdelegados van en contra de los resultados obtenidos en las primarias anteriores, podría ser perjudicial para el Partido Demócrata», dijo Pelosi.
Pelosi, tercera autoridad de Estados Unidos luego del Presidente y el Vicepresidente, forma parte de los 796 «superdelegados» que participarán en la convención demócrata en Denver, Colorado, del 25 al 28 de agosto.
Legisladores, dirigentes del partido, personalidades demócratas como los ex presidentes Jimmy Carter y Bill Clinton, o el ex vicepresidente y premio Nobel de la paz Al Gore, figuran entre los «superdelegados», quienes son libres de votar por quien prefieran, contrariamente a los delegados «ordinarios», obligados a votar según un mandato obtenido en las votaciones internas.
Si bien las primarias terminarán a principios de junio y ya no queda más que una decena de elecciones para desempatar a los dos rivales demócratas, Obama puede obtener la mayor parte de los delegados nombrados por los votantes y Hillary Clinton, la victoria en la mayor parte de los grandes estados. Asimismo queda por saber a quién deben elegir los «superdelegados».
Para el gobernador de Massachusetts, Deval Patrick, partidario de Obama y «superdelegado», la respuesta es evidente. «Pienso que al final de cuentas los superdelegados respetarán la voluntad de los votantes y de los delegados ordinarios», dijo en CBS.
El New York Times interrogó a decenas de superdelegados que aún no anunciaron su preferencia en la carrera hacia la candidatura demócrata. El periódico afirma que la victoria debería ser para el candidato con la mayor cantidad de delegados ordinarios, de estados y de votos populares.
Pero no todos opinan igual. Según Doug Hattaway, portavoz de Hillary Clinton, «algunos superdelegados seguirán la elección de los delegados ordinarios pero muchos otros elegirán al candidato que puede ganar» en noviembre frente a McCain.
Según Hattaway, lo que cuenta es haber ganado -como lo hizo Clinton- en los grandes estados como Nueva York, California y Ohio, o en los estados susceptibles de ser ganados por los demócratas en noviembre, como Nuevo México o Tennessee. Wyoming, Alabama, Mississippi, estados ganados por Obama, deberían, pase lo que pase, votar a favor de los republicanos en noviembre.
Frente a este antagonismo, ciertos demócratas exigen un alto al fuego. «Sería bueno encontrar un medio de arreglar esto», dijo Chris Van Hollen, representante de Maryland y presidente de la comisión de legisladores demócratas encargados de la campaña presidencial.
Cada vez más votos se elevan para que el jefe del partido, Howard Dean, intervenga y fuerce a los dos rivales a encontrar una solución antes de la convención.
Barack Obama se esforzó nuevamente por clarificar sus relaciones con su pastor, Jeremiah Wright, a quien le reprochó tener una «visión profundamente deformada» de EE.UU. por el prisma del racismo, aunque destacó que era «como un miembro de (su) familia».
«El profundo error del reverendo Wright no es que haya hablado del racismo en nuestra sociedad, (sino) que haya hablado como si nuestra sociedad fuera estática, como si no se hubiera producido ningún avance, como si este país (…) aún estuviera irrevocablemente vinculado a un pasado trágico», declaró Obama en un discurso sobre el racismo pronunciado en Filadelfia.
Ese discurso tuvo lugar cuando las cadenas de televisión difunden desde hace varios días fragmentos de los controvertidos sermones del pastor Jeremiah Wright, miembro de la Trinity Church of Christ, quien señaló que el «terrorismo» estadounidense era responsable de los ataques del 11 de setiembre.
También dijo que los negros norteamericanos deberían decir «que Dios maldiga a Estados Unidos» en lugar de «que Dios bendiga a Estados Unidos».
Obama, cuyo casamiento fue celebrado por Wright, quien además bautizó a sus hijas, había denunciado el viernes pasado las declaraciones «incendiarias y espantosas» del pastor.
Pero «no puedo renegar de él, no puedo renegar de la comunidad negra, no puedo renegar de él como no puedo renegar de mi abuela blanca (…), una mujer que me quiere más que a nadie en el mundo pero que un día reonoció que le tenía miedo a los negros con los que se cruzaba por la calle», dijo este martes Obama, quien aspira a ser el primer presidente negro de Estados Unidos.